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Flying
Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.

Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro

Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.

Volemos....

Santiago Vázquez.

BATMAN; “¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna...?” PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 4
MaloBueno 
Escrito por santiago vazquez gomez   
Jueves, 21 de Octubre de 2010 16:43
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Cuando el cine es tan importante en la vida de alguien, hay fechas que le resultan inolvidables. Y ese recuerdo se instala en la memoria de una manera mucho más perpetua cuando se trata de un niño que encuentra en las salas oscuras de los cines la mejor forma de evadirse de una realidad que no siempre le satisface. A ello contribuye, lógicamente, la inherente condición de cinéfilo ingenuo e inocente que tiene alguien de tan corta edad, todavía vírgen de ese cine de calidad adscrito a otros géneros que sólo el tiempo permite disfrutar. Porque, admitámoslo, cuando tienes trece años y vas al cine siempre que puedes, sólo buscas algo que se resume en una palabra: aventura.

Porque eso precisamente es lo que buscan los niños en su abundante tiempo de ocio. Lo que ofrecen los cómics, los videojuegos y las películas que se consumen con esa edad es siempre lo mismo, distintas variaciones de un mismo concepto, aventuras que sólo se diferencian en los personajes que las protagonizan, y en los medios mediante las que los críos las disfrutan. La aventura supone héroes, villanos, el bien contra el mal y tantos tópicos que en la edad adulta se pierden entre inquietudes supuestamente más serias. Pero cuando eres un niño, sólo importa la aventura.

Y esa estrechez de miras tiene sus cosas buenas. De hecho, en mi caso, lo comprobé enseguida. Resulta evidente que si uno “debuta” en esto de ir al cine con una maravilla como E.T., sitúa, inconscientemente, el listón muy arriba. La película de Spielberg era una oda a la aventura, que además logró un enorme reconocimiento por parte de la crítica, la misma, reconozcámoslo, que casi siempre trata con un desprecio lamentable a ese género aventurero. Esa iniciación al mundo del cine me hizo, por un lado, consumir todo producto cinematográfico de intenciones parecidas, y, por el otro, me permitió, a muy tierna edad, tener cierto criterio, saber separar el grano de la paja, ventaja que a su vez implicaba un mayor disfrute de las películas de aventuras realmente buenas, que salían airosas de la comparación con tantos y tantos bodrios.

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Retrocedamos hasta 1989. En aquel año se estrenó una de aventuras buena, buenísima, que suponía la tercera entrega de las andanzas de un tipo genial ataviado con un látigo y un sombrero. Esa película era exactamente lo que yo entonces buscaba y ansiaba cuando iba al cine. Pero además se estrenó otra, también de pretensiones aventureras, aunque de características muy distintas... Quien esto escribe tenía ya entonces, con trece años, un amplio bagaje como asiduo a las salas, además de los generosos maratones caseros gracias al entrañable vídeo VHS. Y, como decía antes, sólo buscaba la adrenalina, la emoción, la evasión, la aventura...Lo mismo, por otro lado, que había encontrado pocos años atrás en otro medio de expresión igualmente apasionante: el cómic. Las viñetas que devoraba se correspondían con héroes patrios como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape, pero también tenía tiempo para el cómic americano de DC, sobre todo para Batman. Y, en aquel 1989, Batman llegó a los cines. Recordemos cómo lo hizo y que consecuencias tuvo su llegada...

Los 80 estuvieron bien...Reconozco que mi generación siente una nostalgia infinita de esa década por cuestiones meramente relacionadas con nuestra edad. Quienes hoy estamos en la treintena, tuvimos una infancia feliz, en buena parte, gracias a las increíbles películas que Hollywood facturó en aquellos años. Supongo que los niños de hoy recordarán la actual década con el mismo cariño dentro de veinte años, de la misma forma que los cuarentones derraman una lagrimita cuando se remontan a los 70. Pero, francamente, tengo la sensación de que fue mucho más divertido ser niño en los 80...

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El último año de la década fue especialmente bueno. Para mi fue, sencillamente, inolvidable. Veníamos de disfrutar en los cines con Jungla de Cristal o ¿Quién engañó a Roger Rabbit? en 1988, dos cintas encuadradas a la perfección en esos gustos típicamente infantes. Por no hablar de todo lo que habíamos disfrutado durante el primer lustro de la década, con Indiana Jones, E.T. y las dos secuelas de La Guerra de las Galaxias, todas ellas susceptibles de permanecer en las retinas cinéfilas de cualquier niño independientemente del año en el que se estrenasen. 1989 nos trajo dos películas grandes, geniales, dos regalos para todos los públicos, pero especialmente para quienes entonces estábamos en la EGB. Y llegaron tan juntitas que no tuvimos tiempo de asimilarlas por separado. Hoy me toca hablar de la segunda, pero algún día lo haré, encantado, de la primera. El 1 de septiembre de 1989 se estrenó en España Indiana Jones y la Última Cruzada. El 29 de septiembre lo haría Batman...

Ahora hay que remontarse algo más atrás. Porque Batman es, ante todo, un personaje de cómic, perteneciente a la editorial DC, que sería comprada en 1976 por una de las todopoderosas majors de Hollywood, Time Warner (entonces Warner Communications). Los señores trajeados de Warner tardaron poco en amortizar la compra de DC, y en 1978 estrenaron la primera adaptación de un personaje de la editorial, produciendo el Superman de Richard Donner. La película fue un éxito rotundo, que dio lugar a tres secuelas, de las que sólo la segunda merece ser recordada. El caso es que Superman fue tan exitosa que el empeño en facturar secuelas por parte de Warner retrasó los planes para llevar al cine a otros personajes de DC. Hubo que esperar once años para que al, fin, Warner produjese una película sobre Batman.

Era un proyecto difícil, fundamentalmente porque el personaje había conocido un éxito espectacular en la tele con la serie producida por Fox Televisión a finales de los años 60, y cuyo enfoque distaba de las intenciones del estudio, que quería presentar una película seria como lo había sido la de El Hombre de Acero. Y el Batman televisivo, que aquí pudimos ver precisamente en los 80 (al menos yo la disfruté en el canal autonómico), era de todo, menos serio...Se trataba, como todo el mundo sabe, de un vodevil casi paródico, repleto de tramas ingenuas, onomatopeyas que trataban de justificar el origen tebeístico del personaje (y que acabarían convirtiéndose en una de las señas de identidad de la serie) y situaciones grotescas. Pero era divertidísima, y su éxito podría perjudicar a un proyecto futuro sobre el personaje que pretendiese un punto de vista radicalmente diferente.

Para olvidar la frivolidad de aquel Batman, hacía falta talento y dinero. Lo segundo no era un problema. Para lograr lo primero, había que afinar en el equipo técnico y artístico. Y Warner lo hizo. Hubo riesgos, pero la cosa salió bien. De hecho, todo lo acertado que estuvieron los ejecutivos por aquel entonces contrasta con los despropósitos perpetrados durante la segunda mitad de los 90, a la hora de planificar la tercera y cuarta películas sobre Batman. Pero ésa es otra historia...

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Tim Burton era un joven cineasta que había logrado un éxito importante, distribuído por Warner, en 1988. Bitelchús triunfó en todo el mundo y dejó a las claras el estilo y la personalidad del director. Era una comedia fantástica oscura, repleta de personajes estrafalarios, y contaba en el reparto con Alec Baldwin, Geena Davis, Winona Ryder y Michael Keaton. Era la segunda película del director, tras la personal ópera prima La gran aventura de Pee-Wee y el genial corto Frankenweenie. Esos trabajos habían mostrado la impronta de un tipo que había salido de Disney buscando acomodo en producciones góticas y oscuras, alejadas del colorido de esa compañía. Hoy todos pensamos en Tim Burton como un cineasta consagrado y talentoso, uno cuya filmografía sobresale por una mezcla afortunada de estilo propio y comercialidad, probablemente lo más difícil de lograr cuando se está inserto de lleno en el sistema de producción de los grandes estudios. Pero en 1989 todo era muy distinto, y Burton era sólo un director que había logrado un éxito, el primero de una carrera incipiente. Bitelchús fue la décima película más taquillera de 1988, y en Warner se la jugaron. Pero estaban acostumbrados. Richard Donner había sido el elegido para dirigir Superman tras un único éxito, La Profecía, aunque su experiencia en el medio televisivo sí era importante.

Y, una vez más, les salió bien. El Batman de Tim Burton terminó siendo un fiel reflejo de la personalidad del director, algo que sólo comprobaríamos con el paso de los años, viendo las constantes de su filmografía. Pero había sido un enorme acierto poner un proyecto así en manos de alguien con un estilo tan peculiar, con su atmósfera gótica, sus planos oscuros y sus personajes excesivos. El Batman de las viñetas encajaba a la perfección con el que el cineasta plasmó en imágenes, aunque ciertos aspectos de la trama, que comentaré más adelante, resultaban muy diferentes. Tras haber estrenado la secuela, Batman Vuelve, en 1991, Burton declararía que ése era su verdadero Batman, y que en el primero se había visto encorsetado por determinadas intenciones del estudio, que aún no se había permitido el lujo de darle total libertad. Yo tengo muy claro que, vistas las dos películas, la primera encaja mejor en el espíritu que imprimieron Bob Kane y Bill Finger en los cómics, mientras que la segunda resulta excesiva, repleta de freaks y, eso sí, absolutamente burtoniana, a pesar de ser también una estupenda obra que sólo pierde, en mi opinión, cuando se la compara con la primera. Pero es sólo una cuestión de gustos.

Antes de hablar del reparto, no quiero olvidarme de un tipo cuyo trabajo resultó decisivo para que la película adquiriese la relevancia que tuvo. Anton Furst es, quizás, el gran olvidado cuando nos acordamos del Batman de Tim Burton. Él fue el diseñador de producción, galardonado con un Óscar por su increíble trabajo, que nos permitió contemplar una Gotham City imponente, tétrica, moderna y, por supuesto, deliciosamente gótica. Y suyo fue el diseño del batmóvil, sin duda una de las versiones más celebradas por los fans. Furst se suicidó en 1991, tres meses después del comienzo del rodaje de Batman Vuelve, para el que no había sido contratado.

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Y llegamos al reparto. Todo lo que se coció en las oficinas de Warner cuando llegaba la hora de decidir acerca de la composición del cásting nos remite directamente a la actualidad y a lo que internet ha supuesto como medio de presión para los grandes estudios. En 1989 no existían los correos electrónicos ni los foros, y los fans no podían expresarse con la facilidad con la que pueden hacerlo actualmente. Pero lo hacían, vaya si lo hacían…Hubo, de hecho, una corriente negativa cuando se anunció el nombre de Tim Burton como director. Pero la que se montó cuando éste se decidió por Michael Keaton para interpretar al enmascarado justiciero fue inigualable.

Hay que pensar en lo que supone para mucha gente la adaptación al cine de determinados personajes. Volviendo a la red de redes, basta comprobar la cantidad de páginas webs que existen dedicadas a los principales héroes del cómic, en todos los idiomas, con distintos contenidos, pero con un evidente aspecto común: la adoración y el fanatismo con los que se venera a esos seres de papel que de vez en cuando se asoman a las pantallas de cine. Y no estamos muy desencaminados si afirmamos que buena parte de los responsables de esas webs son gente adulta que llevan décadas siguiendo las aventuras de sus personajes favoritos. Gente que desarrolló su vida entre cómics, y que cuando llegó internet buscó tiempo para dedicar páginas a un elemento esencial de su infancia. Ese tipo de gente ya existía a finales de los 80, sobre todo teniendo en cuenta que Batman había iniciado sus aventuras en los tebeos cuarenta años antes…

Michael Keaton no fue aceptado por esa amplia comunidad de aficionados. Batman, en los cómics, era un hombre de mucha más presencia física que la de Keaton, quien había sido Bitelchús en la anterior película de Burton. El director defendió a capa y espada su decisión, y se enfrentó al malestar de la comunidad de fans, que presionaron al estudio de la forma en la que podían hacerlo, con ingentes cantidades de cartas. Pero, afortunadamente, no hubo vuelta atrás. Y tuvimos un Batman, en mi opinión, memorable, gracias al trabajo de un gran intérprete que impregnó al personaje de un importante perfil humano, oscuro, traumatizado por un pasado cruel, que lograba disimular sus carencias físicas cuando se vestía con el traje negro. Michael Keaton era bajito para ser Batman, tampoco era un hombre musculoso experto en todo tipo de lucha, pero hablaba como Batman, miraba como Batman y sentía como Batman…

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Keaton fue un acierto. Pero daba igual. Aún asumiendo que podría no ser el Batman perfecto (como Bruce Wayne sí era, en mi opinión, inmejorable), cualquier otra elección a priori más adecuada no hubiese impedido que el supuesto protagonista quedase relegado a un segundo plano, a favor de un antagonista legendario. De nuevo hay que remontarse a aquel Superman de Richard Donner. Si Marlon Brando firmó un contrato histórico por interpretar al padre del superhéroe, Jack Nicholson hizo lo propio por encarnar al Joker, el archienemigo por excelencia de Batman. Los dos, Brando y Nicholson, se embolsaron una cantidad astronómica cuyo número de ceros se vería aumentado en función del rendimiento en taquilla. Y todos sabemos que las dos fueron películas muy taquilleras...Con todo, justo es reconocer que Jack Nicholson realizó más méritos para ganar tanto dinero, ya que su Joker tenía mucha más presencia e importancia en Batman que Jor-El en Superman.

Pero todo estaba justificado. De nuevo el acierto en Warner era evidente. Nicholson era un actor del que cualquier aficionado al cine hubiese esperado una interpretación antológica como Joker. Al contrario de lo que ocurrió en 2008 con Heath Ledger, que terminó realizando un papel increíble a pesar de las dudas generadas cuando se anunció su contratación, todo el mundo daba por hecho que la decisión era la idónea. Si Joker era la locura y la anarquía, Nicholson estaría a la altura, sobre todo con el precedente de El Resplandor, la película de Kubrick que tan buenos dividendos había logrado también para Warner. Joker era un loco muy distinto a aquel Jack Torrance, pero el personaje, desde su primera aparición en los cómics en 1940, parecía haber sido creado para que Jack Nicholson le pusiese rostro en el cine. El resultado fue impresionante, y todos, en aquel 1989, bailamos con el diablo a la luz de la luna...

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Todos los secundarios hicieron honor a esa condición. Si el mismísimo Batman había tenido que ceder protagonismo y relevancia a favor del villano estrella, los demás personajes tendrían que encontrar su lugar fuera de los focos y los primeros planos. Kim Basinger fue Vicky Vale, la chica de la función, quizás demasiado rubia y angelical para el tono de la película. Sean Young, la escogida en primer lugar, hubiese sido, quizás, idónea, pero una caída de un caballo poco antes de iniciar el rodaje provocó la sustitución por Basinger, quien no obstante supo estar a la altura. Billy Dee Williams, el Lando Calrissian de Star Wars, fue el fiscal del distrito Harvey Dent, quien debería de haberse convertido en Dos Caras en futuras secuelas, y que sería indemnizado cuando el papel fue adjudicado a Tommy Lee Jones en Batman Forever. Finalmente, dos actores estupendos y entrañables, Michael Gough y Pat Hingle, fueron el Comisario Gordon (en una versión mucho más bonachona que la que conocemos en los tebeos) y Alfred, éste sí perfecto en su papel, mejor, incluso, en mi opinión, que el encarnado por el gran Michael Caine en las geniales películas de Christopher Nolan.

Ésos fueron los mimbres, y el cesto resultó ser una auténtica maravilla. Batman era, desde el principio, una película que te atrapaba en la butaca, auténtico cine de superhéroes en una época, no lo olvidemos, en la que apenas se veía a estos personajes en los cines. Los títulos de crédito, a un crío como yo era entonces, te cortaban la respiración. La magistral música de Danny Elfman nos situaba en un mundo de fantasía oscuro, estremecedor, mientras los nombres de los equipos técnico y artístico aparecían con un surco de fondo que finalmente identificábamos como el inolvidable logotipo de Batman. Esos 2 minutos y 17 segundos fueron suficientes para que cualquier aficionado sintiese que estaba a punto de ver una película especial, pero sobre todo para que quienes habíamos crecido con el personaje nos quedásemos agazapados, embobados, sin ser capaces de apartar la mirada de una pantalla de la que estaba a punto de surgir la mejor versión posible de nuestro querido héroe. Y, como en el póster de la peli, el nombre de Jack Nicholson aparecía antes que el de Michael Keaton. Cuestión de prestigio.

Tras esos inolvidables créditos empezaba la acción, con un plano general de Gotham que dejaba claro el ambiente oscuro y tétrico en el que nos moveríamos. Comenzaba una historia que resultaba perfecta como presentación de personajes. El guión de Sam Hamm y Warren Skaaren era ágil, y se servía de oportunos flashbacks para ponernos en antecedentes acerca de la conversión de un multimillonario en un héroe nocturno. Y aquí reside el detalle por el que muchos fans se enfadaron: si en los cómics el asesino de los padres de Bruce era un  maleante llamado Joe Chill, en la película era el propio Joker, antes de existir como tal y bajo la personalidad de Jack Napier, quien los mataba. La película se convertía así en una historia de venganza, un mano a mano entre el bien y el mal, sin dejar que tramas paralelas copasen protagonismo. Yo asumí ese cambio con satisfacción, y es que a veces la inquebrantable fidelidad al original puede lastrar el resultado final de una adaptación. No me importó que el Joker fuese responsable del asesinato del matrimonio Wayne, porque, a pesar de la licencia, la obra mostraba una solidez apabullante desde el punto de vista argumental, y convertía al villano en una potencia del mal inigualable. Para mi lo importante, desde el punto de vista de la adaptación, era que la película tenía las convenientes dosis de oscuridad, emoción y espectacularidad, y que los aspectos fundamentales del cómic estaban allí. Batman, Alfred, la batcueva, el batmóvil, la batseñal, Joker, Gotham...todo me gustaba.

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Tras verla por primera vez, aquel 29 de septiembre, me reafirmé, como no podía ser de otra manera, en las inolvidables sensaciones que me provocaba el cine. Como aquel día cuando había ido por vez primera a ver E.T., el mero hecho de comprar una entrada para ver una película trascendía hasta quedar para siempre en mi memoria. Lo que para muchos niños era un acto divertido e ilusionante, para mi era mucho más, y el mérito no residía en ver una película, algo ya de por si apasionante, sino en la propia película. Porque cuando superas la treintena y recuerdas perfectamente el día en el que viste una peli en el cine con trece años, te das cuenta de que ya nunca se te olvidará. Hoy podemos conservar las entradas, porque llevan impresas la información detallada del evento: la fecha, la sesión, la película...Antes eran un minúsculo trocito de papel, lo que se veía compensado por esa cantidad de sensaciones inolvidables.

Salí del cine y mi madre me esperaba. Con ella recorrí, ya de noche, varias calles de mi ciudad, mientras miraba al cielo buscando la batseñal reflejada. Pensaba en ese mundo que Tim Burton había creado para llevar al cine a uno de mis personajes favoritos. Volví al cine a ver la película un par de veces más, y conté los días para que saliese en el mercado de alquiler en vídeo, hecho que tampoco se me olvidará porque fue la primera vez que una cinta era adquirida por los videoclubs de mi ciudad en cantidades ingentes, ocupando buena parte de las estanterías destinadas a las novedades.

Batman logró una recaudación mundial de 411 millones de dólares. Fue la más taquillera en aquel 1989, superando a Indiana Jones y La Última Cruzada, y actualmente ocupa el puesto 122 en la lista de películas más taquilleras de la historia. Pero, más allá de esas cifras, la película logró algo sin duda perseguido por Warner y DC: desató la bat-manía. De repente Batman estaba presente en casi todo, desde juguetes hasta videojuegos, y la banda sonora ocupó lugares importantes en las listas de éxitos, gracias a un disco compuesto por canciones de Prince, mucho menos interesante que el que se editaría unos años después, con la maravillosa música de Danny Elfman. El añorado Anton Furst y Peter Young lograron el Óscar por su diseño de producción y la película trascendió tanto que el estudio anunció pronto el rodaje de la secuela, también a cargo de Tim Burton. Batman Vuelve se estrenaría en 1991, y sería la última película decente sobre el personaje hasta el desembarco de Christopher Nolan en 2005.

Curiosamente, en 2008 volví a tener sensaciones de ilusión y nerviosismo como hacía años que no las tenía. Diecinueve años después Batman e Indy volvían a los cines, como si se hubiesen puesto de acuerdo en reverdecer glorias pasadas. Batman lo logró, Pero Indy no. El Caballero Oscuro, la segunda película de Nolan sobre el personaje se convirtió en un clásico, y demostró que más allá de estilos, cuando unos personajes son buenos y se les hace vivir una buena historia, no importa que se trate de una versión más o menos realista o fantasiosa. Las diferencias entre las obras de Burton y Nolan son evidentes, y si la primera es un gótico cuento de superhéroes, la segunda es un thriller urbano apasionante. Las dos comparten personajes, situaciones y repartos extraordinarios, de los que sobresalen esos dos genios que son Jack Nicholson y Heath Ledger, quienes pusieron rostro a uno de los villanos más emblemáticos de la historia del noveno arte.

Me niego a creer que una película de superhéroes no puede ser una obra maestra. Y, aunque ciertamente no lo sea, las obras maestras sólo lo son, en última instancia, en el corazón de quienes acudimos al cine buscándolas. Yo encontré una en 1989, una película muy especial que me hizo bailar con el diablo a la luz de la luna...

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Santiago Vázquez Gómez.

Última actualización el Viernes, 22 de Octubre de 2010 12:00
 
PULP FICTION: La obra maestra de Quentin Tarantino PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 8
MaloBueno 
Escrito por santiago vazquez gomez   
Martes, 07 de Septiembre de 2010 12:47
1729

Temía escribir sobre Pulp Fiction, básicamente porque resulta difícil escribir sobre una película a la que tantos escritos y análisis se  han dedicado. Pero éste es un blog que recoge las inquietudes de un cinéfilo, y sentiría que tendría una cuenta pendiente con quien me lea si no hablo de una de mis películas favoritas de siempre. Y cuando hablo de “película favorita” me refiero a una que entraría en una lista muy pequeña, no a una película que metería en el típico listado de veinte o cincuenta. Efectivamente, Pulp Fiction, la recordada maravilla de Quentin Tarantino, está entre mis tres o cinco películas favoritas de todos los tiempos.

Y como este artículo trata sobre una obra tan sobada por los críticos y analistas, tan desmenuzada analíticamente, estudiada y milimétrica y exhaustivamente considerada, me limitaré a hacer, una vez más, lo que llevo haciendo desde que los responsables de la revista Acción me cedieron un blog en su web, es decir, comentar desde un punto de vista meramente personal qué significó para mi la película, y por qué se convirtió en uno de mis referentes cinematográficos fundamentales. Porque si el cine tiene mucho de personal, en cuanto a gustos y opiniones, no podía dejar pasar la oportunidad de explayarme aquí acerca de las sensaciones que me produjo asistir a la definitiva consolidación de quien es, en mi opinión, el mayor talento que ha surgido en el cine en los últimos veinte años.

La historia es conocida. Pulp Fiction fue el segundo largometraje de Quentin Tarantino, quien había revolucionado el panorama cinematográfico en 1992 con Reservoir Dogs, una película que se convirtió en protagonista de los corrillos cinematográficos más elitistas, la obra de la que hablaban todos los chalados del cine que rebuscan más allá de los productos comerciales, siempre con la intención de encontrar fuera de los circuitos convencionales películas distintas y estimulantes. Yo, ya por aquel entonces, encajaba a la perfección en ese perfil de cinéfilo inquieto, a pesar de que, como muy bien supondrán quienes sigan con asiduidad este blog, nunca he hecho ascos a las propuestas más palomiteras. Pero, en aquel lejano 1992, y, sobre todo en 1993 (ya que la película se estrenaría en España en octubre del 92 en un reducido número de salas y tendría especial relevancia en los videoclubs al año siguiente), todo apasionado del cine hablaba sobre Reservoir Dogs. Y los medios especializados, la prensa, las revistas, comentaban el impacto que había tenido la obra, sobre todo desde su estreno en el Festival de Sitges, en el que Tarantino logró los premios como mejor director y guionista, cediendo en el de mejor película ante Ocurrió cerca de su casa, aquel falso documental de terror belga que, al contrario que Reservoir Dogs, caería en el olvido a los pocos años. No sería la única vez que a Tarantino le birlasen premios en favor de obras mucho peores, y en contiendas de mucha más enjundia que nuestro querido Festival Internacional de Cine de Cataluña.

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Reservoir Dogs era una película sobre robos y atracos, género recurrente cuyos cimientos tambalearon con el huracán Tarantino. La película no asombraba desde el punto de vista argumental, sino como absoluta rompedora en cuanto a personajes y diálogos, aspectos en los que residía su verdadero valor. Nunca hasta ese momento habíamos conocido a una panda de ladrones que debatían acerca de la interpretación de canciones de Madonna (anticipo, quizás, del profundo apego del director a la cultura popular, la misma que estaría presente en su segunda película), o que cantaban pegadizas canciones mientras rebanaban una oreja a un secuaz. Las frases que soltaban los personajes eran contundentes y, en muchos casos, violentas. Con el paso de los años, Tarantino se ha confirmado como un director violento, ya no desde el punto de vista físico o estético, sino también dialéctico, con sentencias repletas de mal gusto, tacos, blasfemias y frases desgarradas. Pero, lejos de ser algo reprochable, es imposible rendirse ante la habilidad del tipo para encontrar su estilo en lo soez y en la violencia, componiendo a lo largo de su filmografía escenas memorables con abundantes diálogos que en manos de otro director hubiesen sido calificados como ejemplos de mal gusto.

Pero volviendo a lo personal, quien esto escribe empezó a leer y a oír cosas sobre la película tras su paso por Sitges, con lo que el interés fue aumentando por momentos. Como no podía ser de otra manera, sobre todo viviendo en una ciudad pequeña de escasa oferta cinematográfica, pude ver Reservoir Dogs gracias al videoclub, en donde la película se convirtió en objeto de deseo y adoración por parte de todo buen cinéfilo. Ignoro la cuantía de los ingresos que produjo por su alquiler, pero seguro que, en relación a su promoción, resultó un excelente negocio para los regentes de esos locales, hoy en vías de extinción por el auge de internet.

Como no podía ser de otra manera, Reservoir Dogs me impactó, me impresionó por esa vuelta de tuerca a un género siempre interesante, pero al que Tarantino había impregnado de tantas cosas que hasta podías olvidar que estabas viendo una peli de atracos. Me reí con los diálogos, y la acertada selección de canciones hacía que por momentos te evadieses de la trama que contaba la película, como si asistiese a un festival de referencias populares mientras unos gángsters urdían un plan.

Y, como no podía ser de otra manera, me quedé con ese nombre de fonética llamativa y contundente. Quentin Tarantino se había convertido en alguien a tener en cuenta, vista su ópera prima, pero no podía imaginarme la relevancia que alcanzaría sobre el cine en general, y sobre mi, como cinéfilo, en particular. Cuando empezó a surgir información acerca de su nueva película, ahí estuve, pendiente de todo lo que se iba conociendo. Pero ese interés no se acercaba al que despertaba en mi cada nuevo proyecto de cineastas más consagrados por aquel entonces, los Spielberg, Burton, Cameron y compañía. La verdad es que, tras ver Reservoir Dogs, no podía imaginarme que el cine de Tarantino ocuparía en mis preferencias un lugar tan elevado, superando incluso a alguno de aquellos a quienes tanto admiraba.

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No proliferaban las noticias sobre lo nuevo del director. Porque, no nos engañemos, el triunfo de su ópera prima no había sido, precisamente un fenómeno de masas. Como tantas y tantas pequeñas películas, Reservoir Dogs había calado en quienes consideran que el cine es algo más que una (maravillosa) actividad de ocio. Yo me fijé en que dos de los estrenos posteriores más notorios tenían un guión firmado por Quentin. Amor a Quemarropa estuvo dirigida por Tony Scott, y era una historia de delincuentes y traficantes que, como se comprobaría posteriormente, destilaba el particular estilo del creador por todos sus poros, aunque el tratamiento de Scott no satisfizo a Tarantino, en especial la manera de rodar el frenético desenlace. Pero más sangrante fue lo que hizo Oliver Stone con Asesinos Natos, una versión moderna de Bonnie & Clyde, en la que el director, inexplicablemente, usó el mismo montaje cargante que tan buen resultado le había dado en JFK, con constantes imágenes oníricas y brevísimos planos que no pegaban en una cinta de acción bastante más convencional que casi todos los libretos firmados por Tarantino.

Y llegó 1994. Las primeras noticias sobre Pulp Fiction decían que la cinta había sido seleccionada para competir en el Festival de Cannes. Yo lo asumí con una sensación extraña: Cannes era la pasarela del cine de qualité, y, aunque, en mi opinión, Reservoir poco o nada tenía que ver con el cine de los grandes estudios, toda esa sensación de apego de la película a la cultura popular la situaba, creía yo, lejos del cine que frecuentemente compite por la Palma de Oro. Llegué a pensar que quizás Tarantino era realmente un director de arte y ensayo, estilo que habría confirmado en su segunda película. No disminuyó mi deseo por verla, pero me cambió un poco la perspectiva, aunque a medida que se aproximaba el estreno aumentaba mi deseo por comprobar qué tipo de cine era Pulp Fiction, ¿cultura popular? ¿celuloide de prestigio al nivel de Antonioni, Chen Kaige o David Lynch?

Y, claro, el interés se multiplicó cuando Pulp Fiction se alzó con la Palma de Oro. El jurado, presidido por Clint Eastwood, la había considerado como la mejor película a competición, por delante de los trabajos de cineastas como Nanni Moretti, Krzysztof Kieslowski, Nikita Mikhalkov, Patrice Chéreau, Atom Egoyan, Abbas Kiarostami o Zhang Yimou, típicos directores del gusto de Cannes. Y por si hubiera pocos motivos para desear verla, los críticos desplazados a la ciudad francesa hablaban maravillas de la película, y, lo que era aún más estimulante, la definían como una estupenda cinta de gánsgters, que homenajeaba a las viejas historietas publicadas en las revistas de papel de pulpa, baratas, pero de sencillas pretensiones de evasión...Es cierto que su estructura coral y de tramas paralelas no había convencido a algunos, pero en su mayoría, la crítica estaba encantada. No dejaba de sorprender que una obra con semejante argumento triunfase en Cannes...¿sería la presión de Lalo Schifrin, compositor de bandas sonoras tan populares como la de la serie Misión Imposible o de las de películas como Operación Dragón, y miembro del jurado?

Sea como fuere, por la afortunada presencia de Schifrin o Eastwood en el jurado (sin olvidar a Guillermo Cabrera Infante, quien en su libro autobiográfico Cine o Sardina decidió situar en portada a Indiana Jones, demostrando sus populares gustos), el caso es que Pulp Fiction había gustado a un amplio abanico de inquietas mentes cinéfilas. Más motivos para desear verla.

El estreno en los Estados Unidos tuvo lugar el 14 de octubre de 1994, aunque un poco antes, el 23 de septiembre, se había podido ver la película en el Festival de Nueva York. En España se estrenó el 13 de enero de 1995, una fecha idónea, justo después de las empalagosas fiestas navideñas, cuando el almíbar y el buenismo de esas fechas comienzan a evaporarse, y un producto tan rompedor y políticamente incorrecto sirve para desengrasar. Si Disney suele ser una de las compañías que copan las salas de cine en Navidad, con sus cintas animadas y sus películas de imagen real para toda la familia, una filial suya, Miramax, la compañía de los polémicos hermanos Weisntein, sería la encargada de animar la cartelera post-navideña.

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Esos hermanos Weinstein jugaron un papel fundamental. Un poco más adelante hablaré de otros nombres decisivos en el impulso final de la película, pero antes es importante descubrir a estos dos tipos de personalidades tan marcadas e infinita ambición. Ellos fueron los fundadores de una de las compañías más presentes durante los 90 y en los primeros años del nuevo siglo en las ceremonias de los Óscars. Crearon Miramax para producir cine de evidentes intenciones rompedoras, tratando de competir con las majors mediante proyectos arriesgados, apostando por jóvenes talentos. Pero en 1994 la situación económica de la empresa era delicada. Sólo puntuales éxitos anteriores, como El Cuervo o Clerks, habían supuesto un pequeño respiro, pero la amenaza de quiebra estaba latente. Los hermanos tuvieron el olfato suficiente como para apostar por Pulp Fiction, y los 217 millones de dólares de recaudación salvaron a la empresa. Años más tarde, los Weinstein serían considerados como el azote de los grandes estudios, por sus agresivas campañas a favor de sus películas susceptibles de acaparar nominaciones al Óscar. Y no les fue mal, ya que triunfadoras como El Paciente InglésEl Indomable Will Hunting, Shakespeare in Love o No es país para viejos llevaron su sello. Pero los problemas económicos volverían a hacer mella, y Disney, que había adquirido Miramax en 1993, la vendió a un grupo de inversores privados. Pero el inconfundible logo de Miramax sería una de las primeras imágenes que los espectadores de Pulp Fiction contemplasen.

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Roger Avary también tuvo mucho que ver en el jaleo. Había colaborado con Tarantino en el libreto de Reservoir Dogs, y su trabajo conjunto para escribir Pulp Fiction acabaría enemistándoles. Los dos recogerían el Óscar al mejor guión, pero Avary reclamaría la atención mediática asegurando que había sido mucho más importante en la creación de la película que los que los créditos de ésta señalaban. Y es que Pulp Fiction fue presentada como una película “escrita y dirigida por Quentin Tarantino”. El cineasta se excusó afirmando que Avary sólo era responsable de unas pocas escenas sueltas, y que prácticamente toda la historia era cosa suya. Pasados los años, los dos han coincidido en que el segmento del reloj (la increíble escena protagonizada por Christopher Walken) corresponde a Roger Avary, y éste, además, sigue asegurando que otros pasajes importantes fueron escritos por él. Sea como fuere, y ya que estamos hablando de cultura popular, el asunto recuerda a los problemas que tuvieron Bob Kane y Bill Finger acerca de la autoría de Batman.

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De esta forma, Tarantino, Avary y los Weinstein sacaron adelante una película tan legendaria como original. Yo la vi, por primera vez, en un pequeño cine de mi ciudad, el 17 de enero de aquel 1995. Y las sensaciones que me produjo fueron indescriptibles. Lo primero que apreciaba es que la película desprendía una sensación de adicción única. Cada escena transmitía unos deseos inmensos por ver la siguiente, cada plano sobrepasaba la pantalla para hacerme partícipe de unos escenarios y una atmósfera totalmente diferentes a lo que había visto antes. Todo era tan novedoso y llamativo que si te fijabas en los lugares por los que se movían los personajes temías perderte parte de los increíbles diálogos que pronunciaban. De repente unos gángsters vestidos elegantemente hablaban de hamburguesas de McDonald`s, de masajes en los pies de la novia de su jefe y se movían con una seguridad y una gestualidad insólitas. Todo era nuevo, bonito y entretenido, tremendamente entretenido...

A medida que avanzaba el metraje, una pregunta me invadía. ¿Qué estaba viendo? ¿Una comedia? ¿Cine de gánsgters y mafiosos? ¿Cine negro? ¿Cine de acción? Pulp Fiction era un soplo de aire tan fresco que resultaba inclasificable. Te reías con gags insertos en una trama nada cómica a priori (lo que ocurre dentro del coche cuando a Vincent Vega se le dispara el arma es sencillamente antológico), y asistías a tiroteos y escenas de acción. Y para aumentar la sensación de despiste, pronto aparecían nuevos personajes y tramas, que terminarían confluyendo de una manera magistral.

Como no podía ser de otra manera, Pulp Fiction requería más de un visionado para disfrutarla plenamente. Pocos días después de verla por primera vez, y ya habiendo asimilado la trascendencia que sin duda iba a adquirir, volví a verla en el mismo cine, en la misma sala y en la misma butaca. En una época en la que no se disponía de internet para complementar un visionado, el hecho de verla con tranquilidad y tratando de asimilar todo lo que mostraba me hizo comprender lo que significaba Pulp Fiction. Tarantino había logrado imprimir a una película barata, pequeña y sin efectos especiales, toda la adrenalina y la potencia narrativa del mejor de los blockbusters. Y lo había hecho con los dogmas que décadas atrás había hecho grande al cine: historia, diálogos y actores. Esos tres elementos eran suficientes para engancharte en la butaca y para que no mirases el reloj durante 154 minutos, ya que si lo hacías corrías el riesgo de perderte algún detalle, algún diálogo, algún gesto o mirada de alguno de los inolvidables personajes. Era cine añejo, en cuanto a los instrumentos que utilizaba para ganarse el favor del espectador, pero embutido en un halo de modernidad apabullante...

Supongo que resultará absurdo hablar de la trama. Todo el mundo ha visto Pulp Fiction, y sabe que se compone de tres historias que confluyen a medida que avanza el metraje, protagonizadas por personajes que se mueven, en su mayoría, al márgen de la ley. Son mafiosos, ladrones, asesinos, traficantes, boxeadores corruptos y gángsters, que pululan por escenarios de inequívoco diseño pop, escupiendo frases y diálogos memorables. E interpretados por un amplísimo grupo de actores y actrices en estado de gracia...

Son tantos que me dejaré a alguno. Como no podía ser de otra manera, John Travolta, Samuel L. Jackson y Uma Thurman se llevaron un importante pedazo de la tarta en forma de gloria. Los tres fueron candidatos al Óscar, Travolta como actor principal, pero ninguno resultó vencedor. De hecho, Samuel L. Jackson maldijo el momento en el que Martín Landau le arrebató la estatuilla al mejor actor de reparto, murmurando la palabra “sheet”, que las cámaras recogieron con claridad, como si siguiese metido en su inolvidable personaje de Jules Winfeld.

Travolta fue, sin duda, el gran beneficiado del éxito de la película. Su carrera se había desinflado hacía tiempo, resignado en los años precedentes a poner la voz al bebé en Mira quién habla y sus secuelas, y Tarantino le volvió a poner en el candelero. Nunca había sido un actor especialmente dotado, pero su Vincent Vega resultó imponente, carismático, e incluso entrañable. Y, aunque llevaba más de una década sin hacerlo (desde Fiebre del Sábado Noche), volvió a bailar en el cine, en la genial escena en la que se mueve a ritmo de twist con Uma Thurman.

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Fue, sin duda, una de las escenas míticas de la película, y el Jack Rabbit Slim, el local en el que bailan, se convirtió sin duda en uno de nuestros lugares de cine más queridos. Era cool, sexy y moderno, y podías encontrarte a un gángster que baila con la novia de su jefe mientras disfrutabas de un delicioso batido.

Más allá de ese triunvirato, encontramos rostros intrínsecamente tarantinianos. Gente como Tim Roth, Harvey Keitel o Steve Buscemi ya habían formado parte de Reservoir Dogs, e intérpretes como Eric Stolz, Amanda Plummer, Ving Rhames, Maria de Medeiros o Rosanna Arquette encontraron en la película los mejores papeles de sus carreras. Bruce Willis, fue, quizás, la única concesión al star system, y no defraudaría en su papel de boxeador. El propio Tarantino se reservó un papel, compartiendo plano con el hilarante Harvey Keitel, quien volvió a asumir el rol de “limpiador”, el mismo que había tenido un año antes en La Asesina, el remake americano de la película francesa Nikita. Como no podía ser de otra manera, la versión desenfadada y jocosa del personaje que limpia las consecuencias de un crimen mal ejecutado caló mucho más que la seria y psicótica que había encarnado poco antes.

Todos estaban geniales. Y componían un mosaico de caras y personalidades que encajaba a la perfección en el universo que Tarantino pretendía mostrar. Cuando ves la película, das por hecho que en algún lugar de los Estados Unidos pululan personajes así, con esos rostros y fisonomías. No te extrañaría cruzarte con gángsters parecidos a Travolta y Jackson, cuyo jefe te imaginarías con los rasgos de Ving Rhames, quien a su vez podría tener perfectamente una novia tan alocada y drogadicta como la que encarnó Uma Thurman. Y qué mejor boxeador que ese Bruce Willis, arrebatador cuando habla en portugués con su novia María de Mediros, y al que recoge esa taxista con el sensual aspecto de Angela Jones.

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La trascendencia de la película se demuestra, en mi opinión, por la cantidad de cosas que se han quedado en nuestra memoria. Cosas que han perdurado, que se han convertido en iconos cinematográficos. Escenas como el baile de Vincent Verga y Mia Wallace en el Jack Rabbit Slim, el juego de seducción de esos dos mismos personajes en la sofisticada casa de Marsellus Wallace, el flashback del boxeador Butch cuando recuerda la conversación con su padre siendo niño, la pistola que se dispara por accidente en el coche, el trocito de la víctima de ese accidente en el pelo de Jules, el pasaje bíblico del Libro de Ezequiel que éste pronuncia justo antes de cargarse a alguien, la conversación sobre hamburguesas, el mcguffin presente en el maletero del coche...Pocas películas han proporcionado tantos motivos para que se queden fijadas en nuestras retinas cinéfilas. Empezando, por supuesto, por el precioso póster, ése en el que Uma Thurman nos mira con displicencia mientras hojea una revista pulpa, y que ocupa una importante parte en una pared del salón de mi casa...

Es de sobra conocido lo que vino después. Siete nominaciones al Óscar, con premio para el guión de Tarantino y Roger Avary. Forrest Gump fue la principal culpable de que no hubiese más estatuíllas, algo entendible para la conservadora Academia, que prefirió la estupenda y particular revisión de la reciente historia de los Estados Unidos, vista a través de los ojos del deficiente Forrest encarnado por Tom Hanks. Pero, aunque las dos películas han superado la difícil prueba del paso del tiempo, y la de Zemeckis aún se puede disfrutar en la actualidad, palidece en comparación con el empaque y la consolidación que ha obtenido Pulp Fiction con el paso de los años. Y no quiero olvidarme de la banda sonora, una deliciosa selección de canciones escogidas por el propio Tarantino, que encajan a la perfección en cada secuencia.

Hubo muchos más premios, reconocimientos por parte de los críticos más afamados, y la absoluta confirmación de Quentin Tarantino como la personalidad más impactante del espectro cinematográfico mundial. Empezaron a conocerse esos detalles biográficos que hoy todo el mundo conoce, su bagaje como devorador del cine más olvidado gracias a su trabajo en un videoclub, su inabarcable conocimiento cinematográfico, sus aplaudidas y a veces polémicas declaraciones e incluso las acusaciones de plagio de Reservoir Dogs, cuyo final recordaba demasiado al de la película City of Fire, de Ringo Lam...

Y seguiría con su carrera, con la fallida pero interesante Jackie Brown (su primera película que adaptaba material ajeno, en este caso la novela de Elmore Leonard), el maravilloso díptico Kill Bill, la desconcertante Death Proof y la magnífica Malditos Bastardos, sin olvidar sus gamberras colaboraciones con su socio y amigo Robert Rodríguez. Lo que ha demostrado el cineasta con su carrera posterior a Pulp Fiction, es que es el director más personal, rompedor y moderno del cine actual, y, posiblemente, el único capaz de encandilar a la crítica más sesuda y al espectador menos exigente. Hace cine para la gente asidua a la ComicCon, pero con el talento y los recursos narrativos de los más grandes directores de la historia...

Es, sin duda, una de mis películas favoritas de siempre. Lo único malo que puedo achacarle es que me resulta imposible creer que  alguien pueda volver a hacer una película así. Cuando voy al cine y disfruto, por ejemplo, con una película del admirado Guy Ritchie, me viene a la mente la distancia sideral que le separa del cineasta que sin duda más le ha influído, y que se ha convertido en el referente para una nueva generación de directores.

Mientras terminaba este artículo me han entrado ganas de volverla a ver. Esta noche volveré a empaparme de cultura popular, y, aunque me la sepa de memoria, volveré a meterme de lleno en un mundo de ficción pulpa, uno de esos que sólo el cine es capaz de engendrar, gracias al talento de tipos como Quentin Tarantino.…

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Última actualización el Jueves, 09 de Septiembre de 2010 14:23
 
PRETTY WOMAN: La mejor comedia romántica de la historia... PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 9
MaloBueno 
Escrito por santiago vazquez gomez   
Jueves, 22 de Julio de 2010 18:41
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Vale, es muy probable que no lo sea, sobre todo cuando en la comparación entran aquellas maravillosas películas en glorioso blanco y negro. Y al final uno trata de llamar la atención con los títulos de sus artículos, de ahí la contundencia en la calificación. Pero Pretty Woman es una delicia y, de lo que sí estoy convencido, es de que es la mejor comedia romántica en color hecha nunca. Y el público así lo entendió desde su estreno, lo que se demostró ya no sólo por el increíble respaldo en forma de mastodóntica taquilla sino ateniéndonos además a la cifra de copias vendidas de la película en vídeo y dvd, y, sobre todo, por las más que generosas audiencias televisivas obtenidas con cada emisión. Efectivamente, Pretty Woman es eso que muchas aspiran a lograr y sólo unas pocas consiguen: un clásico.

Yo creo que es una obra maestra, pero ésa es sólo mi opinión. Sí creo que es un hecho cierto que estamos hablando de una de esas obras en las que multitud de factores coinciden para dotar al conjunto de una trascendencia infinita. Ha ocurrido varias veces a lo largo de la historia del cine. Me refiero a películas que uno nunca metería en una lista con las que considerase las mejores películas de la historia, pero que, sin embargo, transmiten algo que las convierte en únicas e inolvidables: magia. Porque cuando las ves, a mi al menos ésa es la sensación que me invade, la de que estoy viendo una película mágica. El cine tiene mucho de personal, y cada uno puede sentir algo parecido con películas muy diversas, pero yo creo que obras como ésta, o como E.T., o como La Princesa Prometida impregnan de ese sentimiento a prácticamente todo el que las ve. Y podemos remontarnos hasta una película como Casablanca, a la que muy pocos críticos situaron en aquellas listas que proliferaron hace unos lustros con motivo del centenario del cine, y que recogían las que en su opinión eran las mejores películas de siempre. Pero resulta evidente que Casablanca pareció, desde el principio, tocada por la varita de un mago, que le dio el don de perdurar y trascender. Como Pretty Woman...

Los factores que propiciaron el éxito resultan evidentes, sobre todo cuando han pasado veinte años desde su estreno. A nadie escapa que el cásting resultó perfecto, a pesar de que ni Julia Roberts ni Richard Gere fueron las primeras opciones consideradas. Y podría ocupar párrafos y párrafos hablando sobre el guión y la dirección. Pero yo estoy convencido de que antes y después se rodaron películas con idénticas virtudes, que no alcanzaron ni de lejos el mismo éxito. Y ahí es cuando entra el juego esa conjunción astral en la que yo, ingenuo, creo firmemente. ¿Por qué una comedia romántica, un género no precisamente rompedor de taquillas, logró semejante éxito? ¿Por qué lo logró con un protagonista masculino cuya carrera declinaba y con una chica de escasa trayectoria? ¿Qué importancia tuvo la presencia tras las cámaras de un tipo que no contaba hasta entonces con ningún éxito destacable? ¿Cómo una historia mil veces contada, basada en los típicos gags sobre los distintos modos de vida de clases sociales antagónicas con toques de La Cenicienta se ganó el fervor de todo tipo de público? Yo no encuentro respuestas racionales y me limito a creer que, como tantas cosas en la vida, simplemente ocurrió. Serían los astros, sería el destino...pero, afortunadamente, ocurrió.

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Pretty Woman contó con prácticamente todos los elementos que posteriormente serían considerados como la seña de identidad del género. Rasgos inequívocos como el proceso de enamoramiento de los protagonistas (que sí, que no, que sí...), los secundarios entrañables y de enorme importancia cómica y, sobre todo, la perfecta conjunción de comedia y drama. En donde sí logró la película sentar cátedra, hasta niveles inalcanzables posteriormente, fue en el tono general de la cinta. Para entendernos, Pretty Woman es una increíble historia de amor que no empalaga, que no resulta vomitiva para quienes escapamos de frases cursis y ñoñas. Yo, que tenía catorce años cuando la vi en el cine, quedé fascinado por esa expresión de sentimientos tan pura y al mismo tiempo, apta para todos los públicos. Con una edad en la que se suele estar más cerca, por ejemplo, de Jungla de Cristal que de Pretty Woman (la segunda entrega de la saga protagonizada por Bruce Willis se estrenaría también en aquel 1990), yo, adolescente aún virgen de amoríos desatados, caí rendido con la historia de amor de Vivian y Edward...

Había química, toneladas de química...Había tanta que yo a veces tengo la impresión de que el concepto de “química” referido a la relación entre dos protagonistas de una película se inventó con ellos. Richard Gere y Julia Roberts magnetizaban el patio de butacas con cada escena que compartían. Nunca, ninguno de los dos, encontró semejante complicidad con otro compañero de reparto. Y nunca ninguno estuvo tan bien. Gere era un actor de renombre que no atravesaba precisamente su mejor momento. Había gozado de prestigio en la década anterior, gracias a sus trabajos con Terrence Malick en Días del Cielo, con Paul Schrader en American Gigoló y con Coppola en Cotton Club, pero llevaba más de un lustro sin enganchar un éxito destacable. 1990 sería el año decisivo en su carrera, porque logró su mayor éxito con Pretty Woman, pero porque además estrenó también Asuntos Sucios, un estupendo thriller policíaco dirigido por Mike Figgis en el que Gere estaba genial, y que debió de merecer más suerte. Nunca fue Gere un dechado de talento y sus interpretaciones destacables han sido pocas. Además de estas dos, Chicago y El Dr. T y las Mujeres pueden rescatarse de su filmografía.

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Lo de Julia Roberts fue tremendo. Es cierto que había sido nominada al Óscar un año antes por su papel de reparto en el drama romántico Magnolias de Acero, pero la relevancia que logró con su papel de Vivian fue abrumadora. De hecho, si repasamos los nombres de las actrices que han sido nominadas en los últimos cinco años al Óscar a la mejor actriz de reparto, encontraremos muchas que han pasado al más absoluto olvido. Viola Davis, Ruby Dee, Taraji P. Henson o Adriana Barraza, por citar solamente a algunas, no tuvieron su Pretty Woman después de haber sido nominadas. Julia sí, y de ahí al cielo. Había nacido la novia de América.

Y esa condición rompió moldes además porque se trataba de una prostituta. Vale, ya sabemos que el poderoso Edward Lewis sacó a Vivian de la calle, pero el personaje que nos enamoró a todos, el que se ganó nuestros corazones era una prostituta. Hollywood había asaltado las taquillas de todo el mundo con una historia de amor entre un millonario y una chica de vida alegre, y, lo que resulta más increíble, Touchstone Pictures, la productora del invento, era una filial de Disney. Por increíble que parezca, la puritana compañía del ratón Mickey se forró gracias a una prostituta...

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“!Bienvenidos a Hollywood! ¿Cuál es su sueño? Todo el mundo tiene uno...” Esas son las primeras frases que pronuncian en la película. La chica que nos conquistó soñaba con una vida mejor que la que tenía, y su sueño se hizo realidad. Ahí Hollywood fue más Hollywood que nunca y en ese aspecto no defraudó. El mismo personaje que pronunciaba esas frases al principio, un homeless dicharachero, las repetiría al final, como si le tocase a otro ver cumplidos sus deseos. ¿A él quizás?

Los secundarios jugaron un papel fundamental. Y representaron unos roles marcados, decisivos en el devenir de la trama. Inolvidable resulta la Kit encarnada por Laura San Giacomo, auténtico motor cómico de la historia y fundamental para compensar la candidez de su inseparable compañera de trabajo Vivian. Las mejores frases de la película salen de su boca, y los gags más recordados suceden con ella en pantalla. La actriz había logrado cierta relevancia con el debut tras las cámaras de Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo, pero nunca alcanzó un status importante. En la televisión encontró la estabilidad laboral, gracias a las series Dame un respiro y Saving Grace.

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Jason Alexander fue Philip, el malo de la película. Una comedia romántica no suele dar cabida a villanos al uso, pero quizás la necesidad de acentuar la integridad del protagonista masculino provocó ese perfil desagradable del personaje. Philip Stuckey era el socio de Edward, un tiburón de los negocios sin escrúpulos, que trata de torpedear la historia de amor de su compañero para poder mantenerle activo en sus intereses empresariales. Jason Alexander sólo contaba con un papel importante en la serie Urgencias, pero demostró ser un actor excelente, alcanzando notoriedad al lado de Seinfeld. Yo le recuerdo, sobre todo, como el soez Mauricio, amigo de Jack Black en esa maravilla incomprendida que es Amor Ciego, la escatológica comedia de los hermanos Farrelly.

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Otro de los aciertos mayúsculos fue contar con Hector Elizondo como gerente del majestuoso Hotel Regent Beverly Wilshire, en donde se alojaba Edward, y que se veía sacudido por el terremoto Vivian, a la que Elizondo adiestraba en las artes del protocolo y el buen gusto, con el objetivo de no desentonar en las reuniones de negocios a las que debía de asistir con su “cliente” Edward. Elizondo protagonizó, junto a Julia Roberts, varias escenas memorables, y sin duda hubiese merecido una nominación al Óscar al mejor actor de reparto.

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Y una mención merece también Ralph Bellamy, fallecido un año después del estreno de la película, actor extraordinario y representante de la edad dorada de Hollywood, visto en obras memorables como Luna Nueva o El Hombre Lobo. Bellamy se despidió del cine con el papel de James Morse, un empresario de buen corazón que apela a la bondad de Edward para que salvaguarde los intereses económicos de su familia.

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El reparto proporcionó, en su trabajo conjunto, un resultado mucho mejor que el que a priori podríamos esperar de las individualidades. O dicho de otro modo, nadie contaba que con semejantes mimbres se fuera a hacer un cesto tan bonito. De hecho es muy probable que si cada toma se hubiese rodado en un día diferente, ninguno de los actores hubiese estado tan bien. Insisto, cosas del destino.

Todos sabíamos que el hombre de negocios seductor y misterioso terminaría por llevarse a la chica de la calle. Lo que transmitían cuando compartían escena no podía quedar en una mera transacción comercial, en forma de servicio de compañía. Richard Gere fue capaz de expresar a la perfección ese sentimiento de incredulidad por haber encontrado a la chica de su vida en una esquina de una calle de Los Angeles. Y Julia Roberts fue lo más parecido a Audrey Hepburn, en escenas tan increíbles como aquella en la que negociaba la tarifa mientras se daba un baño de espuma escuchando música con unos enormes auriculares. La reencarnación de la inolvidable protagonista de Charada, uno de los seres más angelicales de la historia del cine, se dedicaba al oficio más antiguo del mundo...

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El trabajo de director y guionista sí que nos dejó pasmados a todos. Pocas veces dos profesionales tan poco reconocidos dieron en el clavo con tanta rotundidad. Garry Marshall es un hombre de cine, un tipo que conocía los resortes de la profesión, en la que había trabajado como actor, guionista y director. Pero en ninguna de las tres facetas había destacado especialmente, o al menos no como para llegar con ninguno de sus trabajos a un público masivo. Como director se había especializado en comedias amables e insulsas, hasta que logró cierta relevancia con el drama Eternamente Amigas. En Pretty Woman mostró una destreza como sólo antes se había visto en los más grandes del género, manejando los tiempos y la cámara como en su momento habían hecho Lubitsch, Capra o Wilder. No parecía el cineasta de aquellas comedias olvidables, al servicio de unos jóvenes Tom Hanks (Nada en Común) , Kurt Russell (Un mar de líos) o Sean Young (Los locos del bisturí).

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Pero si lo del director fue sorprendente, lo del guionista fue ya de traca. El libreto de Pretty Woman estaba firmado por J.F.Lawton, entonces un treintañero que sólo contaba con un guión convertido en película, y cuyo título no puede ser más redundante: Cannibal Women in the Avocado Jungle, una “comedia de acción selvática” en la que también ejerció como director. Pero viendo lo que hizo después de Pretty Woman, guiones como los de Presa de la Secta, Alerta Máxima o Reacción en Cadena, a uno sólo le queda pensar aquello que siempre afirmaba el entrañable Carlos Pumares cuando un director firmaba una buena peli tras haber hecho siempre bodrios: “se la hizo un primo”. Pues el primo de J. F. Lawton escribió un guión magnífico...

Pretty Woman se estrenó en los Estados Unidos el 23 de marzo de 1990. Obtuvo una recaudación en su primer fin de semana de 11 millones de dólares, pero el boca a oreja fue implacable y la cinta terminó recaudando 178 millones, para un total de 463 en todo el mundo, cifras astronómicas teniendo en cuenta que estamos hablando de una comedia romántica. Dentro de ese género, es la cuarta película más taquillera de la historia, y ciertamente resulta triste comprobar que ha sido superada por cosas tan olvidables como Hitch, Lo que piensan las mujeres y Mi Gran Boda Griega. Fue también la cuarta película más taquillera de aquel año 1990, clasificación que lideró otra comedia, ésta de características muy diferentes, Sólo en Casa. El amor triunfó en las taquillas aquel año, ya que la segunda fue Ghost, mientras que la gran triunfadora del año en cuanto a premios, Bailando con Lobos, fue la tercera. El auténtico mérito de Pretty Woman fue superar a cintas como La Caza del Octubre rojo, La Jungla 2, Desafío Total o Dick Tracy, todas ellas adscritas a géneros mucho más susceptibles de arrasar las taquillas. En España ha sido emitida catorce veces en televisión, liderando siempre los ránkings de audiencia, que nunca ha sido inferior a los 3 millones de espectadores.

La crítica también se rindió, y la premió con opiniones, cuanto menos benévolas. Y por supuesto hubo muchas que la destacaron como lo mejor del año. Julia Roberts fue nominada al Óscar como mejor actriz, y la banda sonora de la película se vendió como rosquillas, gracias a una serie de canciones que encajaban perfectamente en la película. Especialmente destacable fue el éxito del tema It must have been love, del dúo Roxette, que se convirtió sin duda en lo único empalagoso de la película.

Garry Marshall volvió a juntar a buena parte del equipo en 1999 en Novia a la Fuga, para la que reclutó otra vez a la pareja protagonista, sin olvidarse de su inseparable Hector Elizondo, habitual en buena parte de su filmografía. La película contaba con un guión original y divertido, pero el éxito no fue, ni mucho menos, el mismo. Hace muy poquito pudimos ver Historias de San Valentín, otra comedia romántica del director, con un amplísimo reparto repleto de caras conocidas entre las que estaba Julia Roberts. También resultó entretenida, pero la magia, lo que convirtió a Pretty Woman en una película inolvidable, se había acabado.

Quizás todo fue fruto de un sueño, ése del que hablaba el desconocido que salía al principio y al final de la película. Quizás fue el sueño de un director que soñaba con un gran éxito, o el de un actor en declive, o el de una joven promesa de sonrisa inabarcable, o el del primo de un guionista de escaso talento. Pero, afortunadamente para todos, el sueño se hizo realidad.

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Última actualización el Viernes, 23 de Julio de 2010 09:33
 
LAZOS ARDIENTES; La primera de los Wachowski, casi tan buena como Matrix... PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 3
MaloBueno 
Escrito por santiago vazquez gomez   
Jueves, 03 de Junio de 2010 11:42
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No es la primera vez que un director de cine ve como su muy correcta ópera prima es descubierta cuando su segunda película se convierte en un éxito. Es entonces cuando el espectador seducido por ese segundo trabajo indaga en la filmografía del responsable, y descubre que el talento demostrado ahora estaba ya presente en su debut, en esa pequeña película que en su momento pasó desapercibida o que, en muchas ocasiones, ni siquiera tuvo un estreno en las salas de cine, sino que fue directamente al mercado del vídeo o dvd.

Algo parecido ocurrió, sin ir más lejos, con el responsable de la saga cinematográfica más famosa de la historia del cine. George Lucas se convirtió en leyenda con Star Wars, en 1977, y, aunque su anterior película American Graffiti había sido un moderado éxito y había recibido cinco nominaciones al los Óscar en 1974, muchos fueron los que rescataron del olvido la perturbadora THX 1138, una película de ciencia ficción sencilla, minimalista y que sin duda apuntaba las intenciones cinematográficas de quien pocos años después nos regalaría la space opera más maravillosa del cine.

En 1995 el reputado director Richard Donner estrenaba Asesinos, una película que en nuestro país alcanzó una notable repercusión al tratarse de la primera producción ambiciosa que nuestro Antonio Banderas rodaba en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción en la que Sylvester Stallone mantenía un intenso duelo con Banderas, los dos como asesinos profesionales que se vendían al mejor postor. La cinta se alejaba de estos productos de tiros al uso, y presentaba una historia más trabajada e interesante que la mayor parte de obras semejantes. No fue un taquillazo, pero la crítica, la misma que habitualmente destroza cualquier propuesta de este tipo, destacó el intento de la película por sacudirse los estereotipos y clichés más manidos.

Detrás del guión de Asesinos se encontraban dos hermanos, Andy y Larry Wachowski, quienes habían debutado con el libreto. Su tercer guión se convirtió en una de las películas más rompedoras, taquilleras y recordadas de la historia, y ellos serían los encargados de dirigirla, pero antes debutaron en la dirección con un proyecto muy diferente. Si Matrix era ambiciosa y se adscribía a las movedizas arenas de la ciencia ficción, Lazos Ardientes era una novedosa vuelta de tuerca al cine negro más seductor, casi una versión moderna de las aventuras de Sam Spade o de Phillip Marlowe, aunque, eso sí, con ingredientes suficientes para alejarse de todo convencionalismo, empezando, cómo no, por una pareja de protagonistas rompedora y capaz de transmitir un magnetismo inolvidable.

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Efectivamente, antes de Matrix los hermanos Wachowski fueron responsables de una de las películas más injustamente ninguneadas e infravaloradas de los últimos tiempos. Y dicha falta de consideración hacia la película no se deriva de las malas opiniones, sino de un motivo mucho más evidente y comprensible: muy poca gente la vio. Lazos Ardientes se estrenó en los Estados Unidos el 4 de octubre de 1996, el mismo año en el que tres blockbusters irrumpieron en la taquilla con fiereza: Independence Day, Twister y Misión Imposible impidieron cualquier incursión en el box office, aunque, realmente las intenciones de los hermanos no eran liderar semejante clasificación. Eso lo aplazarían unos años. Con Lazos Ardientes trataron, simplemente, de aprender un oficio, de añadir a su condición de guionistas la de cineastas. Y realmente aprendieron rápido, vistos los excelentes resultados artísticos de su ópera prima.

Bound, que así es el título original de la película, es un thriller en el que tristemente la única escena de sexo terminó por eclipsar las muchas virtudes de la obra. Cierto es que en España el título no ayudó, ya que esos lazos ardientes y el sensual póster desviaron la atención y convirtieron a la película en un producto poco atractivo, algo así como un telefilm al que se habían agregado unas connotaciones sexuales para atraer al espectador menos exigente. A ello contribuyó, además, el hecho de que ningún gran estudio estuviese detrás de la cinta, y que el prolífico Dino de Laurentiis desechó cualquier posibilidad de promocionarla como se hubiese merecido.

Y con semejante falta de pretensiones se presentó la película en los cines. Los pocos que la vimos disfrutamos de una historia que sorprendía por su falta de pudor, su trama sorprendente y el espíritu de film noir que destilaba. Mezclaba el suspense con el cine de mafiosos, y contaba como mayor atractivo con un reparto tan efectivo como ajustado a los papeles. Gina Gershon, Jennifer Tilly y Joe Pantoliano conformaron un trío memorable, en el que los tres sobresalían por igual, y sin duda, podemos afirmar que sus trabajos son los mejores en sus carreras, teniendo en cuenta que ninguno de los tres ha logrado convertirse en una estrella destacada. Pero sus roles en Lazos Ardientes no son los menos malos de sus carreras, sino la demostración de que a veces los buenos actores no sólo dependen de su talento, sino de la capacidad para escoger bien, o, simplemente de estar en el lugar adecuado en el momento indicado.

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Corky (Gershon) es una ladrona profesional, ex - convicta, solitaria y desconfiada, que se muda a un bloque de apartamentos en donde conoce a Violet (Tilly), novia de un mafioso. Las dos chicas inician una relación que las llevará de la pasión al gran golpe, al planear el robo de parte de la fortuna manchada de sangre que César, el mafioso encarnado por Joe Pantoliano, guarda en una caja fuerte de su apartamento.

Pocos personajes, pocas localizaciones y una sensación de austeridad típica de las primeras películas, cuando el dinero no abunda y ningún productor invierte grandes cantidades por muy prometedoras que sean las intenciones de los debutantes. Los Wachowski ofrecieron un guión ajustado, coherente y emocionante, y sólo su inexperiencia como directores podría echar el freno al encargado de la financiación. Pero Lazos Ardientes pronto se reveló como un proyecto sin fisuras, porque los hermanos trasladaron su magnífico guión a la pantalla como si de un curtido cineasta se tratara, logrando eso tan difícil y que en muchas ocasiones distingue a los grandes de los mediocres: la atmósfera, la sensación de que una película te atrapa y de que sientes el humo de los cigarrillos y el sabor de las cervezas que las chicas fuman y beben mientras dan forma a su plan.

Precisamente esa atmósfera de cine negro es la gran baza de los Wachowski como narradores. Son capaces de presentarnos a dos lesbianas como la típica pareja envuelta en las historias de ambición, pasión y corrupción que popularizaron Dashiel Hammett o Raymond Chandler. Que nadie busque en Lazos Ardientes las tramas rebuscadas y por momentos confusas de los maestros del género. La película es mucho más directa y sencilla, y se aprovecha de los interesantes personajes encarnados por dos chicas que hubiesen merecido mucha más relevancia.

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Gina Gershon venía de interpretar a una ambiciosa lesbiana en la polémica Showgirls, la cinta con la que Paul Verhoeven y su guionista Joe Estherzas trataron de seguir alimentando el morbo tras triunfar con Instinto Básico. No le importó repetir con un personaje homosexual, algo que todos le agradeceremos eternamente. Logró componer una interpretación magnífica, una chica infinitamente alejada de la Cristal de Showgirls, y el perfecto contrapunto a la ingenuidad de Violet. Gershon nunca desarrolló una prolífica carrera en el cine, aunque pudimos verla en alguna ambiciosa producción como la genial Cara a Cara, de John Woo. La televisión ha sido en los últimos tiempos el medio en el que más ha trabajado, y a mi me sedujo especialmente su voz como Catwoman en la serie animada The Batman.

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Jennifer Tilly era el complemento ideal. La sobriedad y racionalidad de la Corky encarnada por Gina Gershon encontró en la Violet de Tilly a su antítesis necesaria para que la película funcionase. Violet era una chica inocente, ingenua, casi bobalicona, aspectos que en parte se repiten en alguno de los papeles más destacados de su filmografía, como la Tiffany de La Novia de Chucky o la Olive de Balas sobre Broadway, sin duda su mejor trabajo, por el que fue nominada al Óscar a la mejor actriz de reparto en 1995. Su peculiar y voluptuoso físico ayudó, sin duda, al encasillamiento de la actriz en esos papeles de chica tonta.

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Joe Pantoliano compuso, por su parte, un extraordinario villano, un mafioso que ve tambalearse en su status por culpa de su novia y la amante de ésta, lo que le llevará a la más absoluta esquizofrenia. Pantoliano fue el único del reparto de Lazos Ardientes que repitió con los hermanos, quienes le adjudicaron el decisivo papel de Cypher en Matrix. Su talento tampoco ha obtenido el merecido reconocimiento, aunque fue contratado por el gran Christopher Nolan en la estupenda Memento.

Historia, reparto y dirección fueron los tres ingredientes decisivos para que Lazos Ardientes se convirtiese en una buena película. No es una obra maestra, y probablemente quien esto escribe se deje llevar por su predilección por el género negro, ya sea en forma de película o novela. Tampoco descarto la posibilidad de que más de uno se lleve una decepción si decide verla tras leer este artículo, pero estoy seguro de que se trata de una película injustamente considerada. Es cierto que Matrix hubiese eclipsado a cualquier película anterior de los Wachowski, teniendo en cuenta lo que supuso de revolución técnica y de replanteamiento de los postulados fundamentales de la ciencia ficción. Pero si repasamos la carrera de los hermanos comprobaremos que es su segunda mejor obra, en dura competencia con Matrix, teniendo en cuenta lo horrendas que eran las dos secuelas de ésta y el desastre que fue Speed Racer.

Han pasado catorce años desde el estreno de Lazos Ardientes, y muchas cosas han cambiado en las vidas y en las carreras de los hermanos Wachowski. Se convirtieron en los cineastas más importantes de Hollywood tras la repercusión de Matrix, y Larry se ha cambiado de sexo, pasando a llamarse Lana. Puede que el desmedido éxito haya pasado factura en las mentes de dos tipos que conquistaron al sistema y que ahora son víctimas del egocentrismo. Pero debemos de confiar en el talento de unos cineastas que fueron capaces de crear dos maravillas tan distintas como esas dos primeras películas. Si la segunda es un hito en la historia de la ciencia ficcón, la segunda es una pequeña joya oculta...

Si queréis disfrutar del mejor thriller, del suspense y la pasión de los bajos fondos, ved Lazos Ardientes, y a quien no le guste, que me sacuda con sus comentarios, que serán bien recibidos.

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Última actualización el Jueves, 03 de Junio de 2010 21:40
 
MÁXIMO RIESGO: Sencillamente, la mejor película de Stallone... PDF Imprimir E-mail
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Escrito por santiago vazquez gomez   
Viernes, 14 de Mayo de 2010 17:29
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1993 fue un año extraordinario cinematográficamente hablando. Disfrutamos en los cines de maravillas como La Lista de Schindler, Philadelphia, Lo que queda del día o El Piano, que acapararon premios y nominaciones , y tuvimos además una buena ración de éxitos veraniegos que mantenían la tradición iniciada por Spielberg con su Tiburón a finales de los 70, precisamente la que dio lugar al término “blockbuster”: cintas taquilleras pero buenas, cuidadísimas en todos sus aspectos, y, por supuesto, increíblemente entretenidas. Disfrutamos de Jurassic Park, El Fugitivo y de la que es, en mi opinión, la mejor película protagonizada por ese icono del cine de acción de los 80 que responde al nombre de Sylvester Stallone. Máximo Riesgo fue una enorme sorpresa, que nos dio mucho más de lo que uno podría esperar de una película con semejante protagonista. Y la clave, como casi siempre, estuvo en lo bien que se rodeó a la estrella, profesionales que bordaron sus trabajos y que demostraron, una vez más, que el buen cine surge de un acertado trabajo en equipo.

Ésa fue la clave que permitió olvidarnos de las evidentes limitaciones de Stallone como actor. Uno nunca espera verle en legendarias intepretaciones ni en películas sesudas y pretenciosas. Stallone es lo que es, un tío cachas que, sorprendentemente, encontró su lugar en el olimpo del cine con una de las películas más premiadas de 1976. Y es que, no lo olvidemos, Sly fue nominado al Óscar al mejor actor por Rocky, película que obtuvo otras nueve nominaciones y que logró el premio a la mejor película del año. Como no podía ser de otra manera, la realidad se abrió paso y nuestro entrañable púgil terminó siendo un Chuck Norris que contó siempre con mayores presupuestos que el Texas Ranger, en dura competencia con un Schwarzenegger que tuvo la fortuna de contar en muchas ocasiones con cineastas más talentosos.

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Y durante esa carrera pródiga en golpes, puñetazos y anabolizantes, el bueno de Stallone nos regaló cosas francamente divertidas. La que más, sin duda, Máximo Riesgo, una apasionante película de aventuras ambientada en montañas nevadas, con buenos, malos malísimos y, sobre todo, un despliegue técnico de primer nivel, fruto, como decía un poco más arriba, de los competentes profesionales contratados en la producción. Pero, como decía Jack el Destripador, vayamos por partes...

Renny Harlin es un director finlandés que se abrió hueco en Hollywood como director de una de las muchas secuelas que tuvo Pesadilla en Elm Street, y que posteriormente triunfó de manera rotunda con otra secuela, ésta de mucho más nivel: La Jungla 2, Alerta Roja nos mostró a un cineasta excelente, un perfecto dominador de los más importantes códigos del cine de acción, que manejaba los tiempos como nadie y que rodaba de manera contundente cada escena. Su pericia le llevó a mejorar, cuando parecía imposible, el genial trabajo de John McTiernan en la primera de las aventuras de John McClane. Sí, yo soy de los pocos que prefiere La Jungla 2 a La Jungla 1, aunque reconozca que son dos de las mejores pelis de acción que se han hecho nunca.

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Después de triunfar con La Jungla 2, Harlin se dio el gustazo de embarcarse en un proyecto mucho más modesto y distinto en sus pretensiones. Las Aventuras de Ford Fairlane era una comedia policíaca protagonizada por un singular personaje, un pintoresco detective interpretado por Andrew Dice Clay, un cómico muy de moda en los Estados Unidos por entonces. La cinta es hoy defendida en multitud de foros de internet, considerada como obra de culto, aunque a mi me parece una bobada mayúscula, muy al estilo del Ace Ventura de Jim Carrey. Pero, afortunadamente, Renny Harlin volvió al cine con el que había logrado sus mejores trabajos.

Y ese cine no era otro que el de alto voltaje, el de historias repletas de adrenalina y acción sin mayor pretensión que la de evadirse durante un rato en una sala de cine disfrutando de aventuras, explosiones y peleas. Pero, eso sí, con un guión mínimamente cuidado y una producción a cargo de gente competente.

El guión de Máximo Riesgo fue escrito a cuatro manos por el propio Stallone y por Michael France, quien debutaba como guionista y que tras la trascendencia de su ópera prima fue contratado para escribir el regreso de James Bond al cine tras muchos años de ausencia. Goldeneye fue otro destacado éxito, al que seguirían libretos para tres producciones que adaptaban personajes de Marvel: Hulk, Punisher y Los 4 Fantásticos. Aunque Goldeneye y el Hulk de Ang Lee son dos meritorias producciones, Máximo Riesgo sigue siendo, sin duda, el mejor de sus guiones, en el que desconocemos la importancia que tuvo la presencia del cachas protagonista: pero, al César lo que es del César, y si aparece acreditado habrá que otorgarle su parte de mérito. Stallone y France escribieron una trepidante aventura ideal para pasar un buen rato en una tarde de verano.

La elección del reparto estuvo plagada de aciertos. Eran tantos los buenos intérpretes que hasta Stallone se contagió y logró mostrarse convincente en determinadas escenas en las que muy pocos apostarían por él. No es que fuera Máximo Riesgo una película de emociones desatadas, pero el hecho de que se tratase de una cinta de acción con muertas, dramas y tragedias, provocaba que el hombre tuviese que abarcar ciertos registros impropios de un mamporrero como él. Y lo hizo muy bien. Pero, como todos sabemos, toda peli de este estilo ha de contar con un villano de altura. Y aquí lo había. Qualen, el despiadado ladrón y asesino que se las hace pasar canutas a nuestro héroe fue interpretado por uno de los actores de mayor nivel y carrera más injusta que uno recuerda: John Lithgow compuso un malo cruel, sanguinario y carismático, de ésos que elevan un peldaño el nivel de la película, y que se incrustan en tu memoria cinéfila para siempre. La escena en la que asesina a su compañera con la intención de quedarse él como único piloto del helicóptero resulta impactante y extraordinaria. Lithgow, nominado al Óscar al mejor actor de reparto en 1983 y 1984 por El Mundo según Garp y La Fuerza del Cariño, nunca tuvo la relevancia merecida, aunque últimamente ha logrado cierto reconocimiento gracias a su participación en la serie de televisión Dexter.

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El resto del reparto eran secundarios que no desentonaron. La chica de la función era Janine Turner, quien gozaba de cierto prestigio gracias a su participación en la estupenda serie Doctor en Alaska, y que nunca pudo desarrollar una exitosa carrera en cine. Y la auténtica revelación fue Rex Linn, encargado de poner rostro a Travers, secuaz de Qualen e igualmente pérfido. Linn ha sido siempre un secundario desconocido, y repetiría posteriormente con Harlin en La Isla de las Cabezas Cortadas y Memoria Letal. Por último, Michael Rooker era quizás el menos entonado, en su papel de amigo del protagonista a quien responsabiliza de la muerte de su novia en una impactante escena inicial.

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Y no sería justo olvidarnos del excelente equipo técnico, responsable de la impecable factura de la película. Los especialistas en sonido, efectos visuales y montaje de sonido, vieron recompensados sus excelentes trabajos con una nominación al Óscar, premio al que muy bien podría haber optado también el compositor Trevor Jones, quien se sacó de la manga un tema soberbio, épico y que se te pega desde los primeros acordes. La música de Máximo Riesgo nos hace soñar con aventuras en la nieve y escaladas en altas montañas, justo lo que evoca la película.

La trama, como no podía ser de otra manera en este tipo de cine, no resultaba especialmente complicada. Stallone era Gabe Walker, un veterano alpinista marcado por la muerte de la novia de su compañero, que decide abandonar su trabajo justo en el momento en el que un avión se estrella cerca de su puesto de mando. Los pasajeros resultan ser una banda de despiadados ladrones y asesinos, que harán que Gabe decida aplazar su decisión de retirarse para tratar de liberar a sus compañeros de la hostil compañía...

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Otro de los indudables puntos fuertes de la película fue la ambientación. Los Dolomitas italianos se convirtieron gracias a la magia del cine en las montañas de Colorado, y la cinta mostraba espectaculares planos y escenas en montañas nevadas que servían como contexto geográfico de una historia que en determinados momentos nos provocaba un nudo en la garganta. El vértigo se apoderaba del espectador desde la espectacular escena inicial, que te atrapaba en la butaca y te advertía de que estabas a punto de asistir a una aventura mayúscula.

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Máximo Riesgo se estrenó en los Estados Unidos el 28 de mayo de 1993, fecha que delataba sus evidentes intenciones de blockbuster palomitero. Pudimos verla en España en 17 de septiembre, precisamente el día en el que yo la disfruté en un pequeño cine de mi ciudad. Logró una recaudación de 84 millones de dólares en su país, para un total de 255 en todo el mundo, convirtiéndose en la décima película más taquillera de su año y la de mayor éxito en la carrera de Stallone, si exceptuamos Rocky, Rambo y alguna de sus secuelas. Yo lo tuve muy claro desde que la vi: nunca Sly había estado tan bien, y probablemente nunca lo estaría en el futuro. Y ciertamente, hoy en día, ese Rocky que logró tres Óscars en 1977, entre ellos el de mejor película, resulta mucho más plúmbea que esta estupenda película de aventuras. A modo de anécdota, cabe recordar que la cinta “logró” en su año cuatro nominaciones a los premios Razzie, que recogen lo peor de cada año. Incomprensiblemente, John Lithgow, Janine Turner, el guión y la película se vieron acompañados en la terna por productos tan olvidables como Una Proposicón Indecente, Sliver (Acosada) o El Cuerpo del Delito...

Existen en la historia del cine centenares, probablemente miles de películas mejores que Máximo Riesgo. Pero hoy a mi me apetecía recordar en el blog una olvidada maravilla que demuestra que el cine de acción, el más frívolo e inofensivo, puede a veces hacer que te olvides del reloj y de tu realidad durante un buen rato. Concretamente, durante 113 minutos, aquel 17 de septiembre de 1993 yo viví una inolvidable aventura en lo alto de unos picos nevados, y acompañé a Stallone en una peripecia memorable. Y me pregunto, ¿se puede obtener mayor satisfacción de una película? Afortunadamente, el cine también es esto...

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Última actualización el Viernes, 14 de Mayo de 2010 20:45
 
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