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Flying
Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.

Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro

Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.

Volemos....

Santiago Vázquez.

TITANIC: Cuando James Cameron se sentó en su trono... PDF Imprimir Correo
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Escrito por santiago vazquez gomez   
Viernes, 05 de Marzo de 2010 12:46
titanic

“Han pasado 84 años, y aun percibo el olor a recién pintado”. Una más que octogenaria Gloria Stuart pronunciaba la frase en una película que inevitablemente nos trasladaba al Hollywood de otra época, al que ella pertenecía, aquella etapa del cine en la que determinadas producciones eran mucho más que simples películas, cuando eran el resultado de un esfuerzo de toda la industria por mostrar que la fábrica de sueños podía hacer realidad cualquiera de esos oníricos deseos. El próximo domingo se entregan los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, en una gala en la que James Cameron muy probablemente vuelva a triunfar. Doce años después de autoproclamarse rey del mundo, el ambicioso cineasta canadiense volvió a dirigir una película, que, una vez más, está presente entre lo mejor del año, con nueve nominaciones. Pero a mi me apetece recordar la obra que le elevó a lo más alto del olimpo del celuloide. Cameron tenía ya éxitos importantes en su filmografía, pero con Titanic se sentó en el trono. Motivos tenía…

Resulta algo redundante hablar de los méritos de una película que ha sido más que nombrada en los últimos meses cuando Avatar ha copado protagonismo. Todo el mundo sabe que Titanic era, hasta ahora, la película más taquillera de la historia. Los datos son sencillamente espectaculares: la historia del famoso trasatlántico logró una recaudación en los Estados Unidos de 600 millones de dólares, y una suma en todo el mundo de 1843 millones, lo que implicó desbancar al Jurassic Park de Spielberg para situarse como la más taquillera de siempre. Hizo la discreta cantidad de 28 millones de dólares en su primer fin de semana, pero no fue más que un espejismo. Cameron había superado las bastas recaudaciones de otros éxitos suyos como Terminator 2 (519 millones) o Mentiras Arriesgadas (378). Titanic multiplicó esas taquillas, hasta rozar los 2000 millones de dólares. Quitémosle un cero a esa cantidad y tendremos el coste que supuso rodarla. Negocio redondo.

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Pero si se pasa a la historia de la manera en la que pasaron Cameron y su obra, los motivos no pueden ser solo económicos. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, pero la otra cara de la moneda en el negocio, los críticos, también se rindieron. O claudicaron, porque cierto es que la crítica cinematográfica no se lleva bien con los mega-éxitos de taquilla, por lo que más de uno de los muchos que alabaron la cinta hubiesen preferido ponerla a caldo. Pero, al contrario de lo ocurrido con Avatar (película estupenda como revitalizadora de la industria y como cine concebido como espectáculo, pero deficiente en cuanto a guión y personajes), no se encontró motivo alguno para destrozarla. Titanic no era perfecta, pero sus imperfecciones quedaron eclipsadas ante las numerosos virtudes. El 23 de marzo de 1998 se celebró la septuagésima ceremonia de entrega de los Óscar. Titanic aspiraba a catorce estatuillas, y se llevo once, convirtiéndose en la película mas premiada de la historia con Ben-Hur. Era la más taquillera y la más premiada. Se había convertido en una de las películas más importantes de la historia del cine.

Pero…¿realmente Titanic es tan buena película? En mi opinión, lo mejor de Titanic es su consideración de cine grandioso, capaz de aglutinar y de asociar a dos majors del calibre de Fox y Paramount. El proyecto era tan ambicioso que dos de los grandes estudios, de ésos que se miran de reojo y producen dependiendo de la salvaje competencia, aceptaron unir fuerzas y levantar una producción que por momentos parecía inviable. Cuando vi Titanic en el cine, el día de su estreno en España, un 8 de enero de 1998 (el 19 de diciembre de 1997 se había estrenado en los USA), asumí que estaba ante un acontecimiento cinematográfico, semejante al que en su día supuso Lo que el viento se llevó. No era la película de un estudio, era la película de una industria.

No suelen producirse estos fenómenos y mucho menos en la actualidad. Warner Bros., Paramount, Universal o Twentieh Century Fox son conglomerados que amasan ingentes cantidades de dinero gracias a las franquicias exclusivas de cada uno, ya sean superhéroes, adaptaciones de best-sellers u otro tipo de sagas. Pero James Cameron hizo lo imposible, y las dos majors le estarán eternamente agradecidas…

A mi me gusta mucho Titanic. Me gusta porque me dejó un regusto a cine añejo, a superproducción legendaria, como si Cameron fuese el David O’ Selznick de nuestros dias. Y me gusta porque le reconozco méritos inherentes a toda buena película: me gusta la dirección de un tipo a quien uno suponía más preocupado en el rodaje de los innumerables problemas que se tendrían que derivar de las inclemencias acuáticas, me gustan, o mejor, me cautivan las interpretaciones de todos los miembros del reparto, y, por supuesto, me sobrecogen los imponentes efectos visuales y la cuidada dirección artística, capaz de recrear a la perfección el oropel, la majestuosidad y lo épico que tuvo que ser el primer viaje del barco de los sueños, que partió el 10 de abril de 1912 desde Southampton con destino Nueva York.

Cameron venía de triunfar con Mentiras Arriesgadas, una divertidísima comedia de acción que adaptaba de manera sui-generis una película francesa de Claude Zidi titulada La Totale! Su siguiente proyecto sería muy diferente, pero antes escribiría el guión de la estupenda Días Extraños, para su ex esposa Kathryn Bigelow, precisamente quien parece ser la única en condiciones de aguarle la fiesta este año gracias a su gran trabajo como directota en En Tierra Hostil. Ya consagrado, y tras rodar en el agua en Abyss, volvía al líquido elemento para volver a contar una historia que ya había sido llevada al cine en varias ocasiones, siendo las más destacadas El Hundimiento del Titanic, dirigida por Jean Negulesco en 1953, y La Última Noche del Titanic, del artesano Roy Ward Baker, estrenada en 1958. Pero rodar a finales de la década de los 90 esta historia era como tirarse a una piscina con escasa agua. La película tendría que ser espectacular, convincente, acorde a los tiempos en los que la infografía había experimentado unos avances increíbles, gracias a las producciones del propio james Cameron y de Steven Spielberg.

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Mucho se habló del rodaje de Titanic. Llegaban noticias de que el barco, nunca mejor dicho, se hundía. El presupuesto se incrementaba constantemente, hasta el punto de que esos 200 millones de dólares, son, aún hoy, una estimación. Los encorbatados ejecutivos de Fox y Paramount temían estar ante un caso parecido al de Las Puertas del Cielo, la película que arruinó en los 70 a la United Artist. Pero ni que decir tiene que las penas, entre dos, son menos penas. Al timón estaba el tipo más ambicioso, megalómano e inconformista de Hollywood, y por amenazantes que fueran los icebergs, el barco llegaría a puerto.

En el reparto se centraron las escasas críticas. Y yo he de reconocer que a mi no me convencía la pareja DiCaprio- Winslet. Él contaba con 23 años entonces, y ella con 24, y ciertamente costaba verles en unos personajes que tendrían que aparentar algunos años menos. Pero la astucia de Cameron quedó de manifiesto. Sacrificó cierta credibilidad a cambio de contar con un actor que era ya un ídolo de jovencitas gracias a Romeo + Julieta, y que ya contaba con cierto prestigio como actor al haber sido nominado al Óscar al mejor actor de reparto por A quién ama Gilbert Grape. Y prefirió a una Kate Winslet alejada de los cánones de belleza adolescentes, apostando así por una excelente actriz, que también contaba con una nominación por Sentido y Sensibilidad, y que fue capaz de ofrecer una espléndida interpretación. La Winslet suma hoy un total de seis nominaciones, y logró la estatuilla el pasado año por su trabajo en El Lector, con la que demostró ser una de las mejores de la actualidad. Cameron no se había equivocado.

Como tampoco lo hizo con los secundarios. Es cierto que al nefasto Billy Zane le tocó el gordo con su participación en Titanic, pero justo es decir que no desentonó. Bernard Hill fue el perfecto Capitan Edward James Smith, y Davir Warner o Kathy Bates fueron también muy recordados, en especial ella, en su papel de Molly Brown, uno de los personajes reales a los que Cameron integró en la historia. Un habitual del cineasta, Bill Paxton, fue Brock Lovett, el cazatesoros que busca el diamante supuestamente oculto entre los restos del Titanic.

Porque, como todo el mundo sabe, Jack Dawson y Rose DeWitt no existieron. Fueron la excusa perfecta para que  Cameron nos volviera a contar una historia ya conocida por todos. Incluyó una desatada historia de amor para emocionar, para hacer que la tragedia fuese aún mayor, y, cómo no, para buscar que mucha más gente pasase por taquilla. Fue una jugada maestra que sirvió para que la transición al fatal desenlace del barco, que el espectador ya conocía, fuese mucho más emocionante y digerible. Como Bryan Singer con su reciente Valkiria o como Eastwood en Invictus, Cameron fue capaz de contar una historia cuyo final era conocido, sin que mirásemos el reloj durante toda la proyección, algo especialmente meritorio teniendo en cuenta que hablamos de una película de más de tres horas de duración. Y hay que ser muy bueno para lograr eso.

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Mención aparte merece, en mi opinión, la actriz que pronunciaba la frase con la que empezaba este artículo. Gloria Stuart terminó siendo, sin duda, lo mejor de una película que tenía muchas cosas buenas. Pero su inclusión fue decisiva para ganarse el corazón de millones de espectadores que asistieron conmovidos al relato de una mujer que no sólo estaba contando la trágica historia de uno de los mayores accidentes navieros de la historia, sino una de las más hermosas y desgarradoras historias de amor que el cine ha contado nunca. Todos estábamos tan absortos en lo que la anciana contaba como Bill Paxton y su equipo, en la simpática escena en la que le piden que no interrumpa su relato.

Gloria Stuart tenía 87 años cuando hizo Titanic, y para muchos era una absoluta desconocida. Pero había debutado en 1932, siendo testigo del nacimiento y el despegue de una industria que le ofrecía la oportunidad de formar parte de una película icónica. Ella representaba muchas de las pretensiones de la obra: volver a lo grandioso, a las historias rotundas, tan maravillosas como la vida misma, esas que sólo Hollywood puede y sabe producir de vez en cuando. Gloria Stuart sigue hoy viva, y cumplirá 100 años el próximo 4 de julio.

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Kate Winslet (actriz principal), Gloria Stuart (actriz de reparto) y los responsables del maquillaje se quedaron sin Óscar. Fueron las únicas nominaciones fallidas. Dirección artística, fotografía, vestuario, director, montaje de sonido, efectos visuales, montaje, canción y sonido sí fueron reconocidos. Y por supuesto, Titanic fue la ganadora del Óscar a la mejor película, la mejor de un año en el que hubo muy buen cine, pero todas sucumbieron ante el gigante: L.A.Confidential, El Indomable Will Hunting, Mejor Imposible, Men in Black, The Full Monty, Jackie Brown, Gattaca, Boogie Nights, Starship Troopers...tuvieron la desgracia de coincidir en el tiempo con una película que las eclipsó a todas. También por supuesto, la espléndida Secretos del Corazón, con la que nuestro Montxo Armendáriz aspiró al Óscar a la mejor película en lengua extranjera.

Me cuesta recordar una película que se mantuviera en boca de todos tanto tiempo como lo hizo Titanic. Avatar todavía sigue en cartelera, dos meses y medio después de su estreno, pero lo de Titanic fue, quizás, excesivo. Sí recuerdo las tímidas reacciones negativas que se produjeron hacia la película, que la acusaban de empalagosa en su historia romántica, que se veía impulsada por el My Heart Will Go On, el tema cantado por Céline Dion que sonó en las emisoras de radio hasta, ciertamente, cansar al personal. Pero muchas de aquellas opiniones eran, seguro, de gente que había pasado por taquilla, y que había disfrutado con la película mucho más de lo que abiertamente reconocían. Y es que siempre hay gente que prefiere apartarse de los gustos mayoritarios.

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Este domingo James Cameron puede volver a coronarse. Se entregan los Óscar, en la que, para mi es, indiscutiblemente, la mejor noche del año. Si todo le sale redondo al cineasta, recogerá nueve premios, dos menos que los que se llevó la última vez que una película suya estuvo presente. Con Avatar ha vuelto a triunfar, aunque a mi, gustándome, me parezca muy inferior a Titanic. Resulta curioso comprobar que cuando me paro a pensar en mis películas preferidas de siempre, nunca, por muy amplia que sea la selección, incluyo a Titanic. Mi cabeza se va como un resorte a Hitchcock, a Billy Wilder, incluso a cineastas contemporáneos como Spielberg o Tarantino. Pero nunca a Titanic. Pero, cada vez que la veo, entiendo por qué me gusta tanto el cine, por qué me apasiona esta manera de contar historias. Con Titanic se demuestra, una vez más, que el gran cine está hecho del material con el que se hacen los sueños...

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Última actualización en Viernes, 05 de Marzo de 2010 22:35
 
MOON: El director en la Tierra, el guionista...en la Luna PDF Imprimir Correo
Escrito por santiago vazquez gomez   
Martes, 02 de Marzo de 2010 17:11
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Hay cineasta en Duncan Jones. Ésa es la principal conclusión que yo al menos extraje tras ver su ópera prima, Moon, una pequeña película de ciencia ficción estrenada en nuestro país el 7 de octubre del pasado año que recogió más alabanzas que críticas, a pesar de presentar indudables motivos para que existiesen las segundas.

Pero Jones, el novato director, alguien a quien la inspiración artística ha de venirle en los cromosomas como hijo de David Bowie que es, es capaz de poner en duda una máxima del cine que yo he mantenido no pocas veces en este blog. Y es que de un deficiente guión, hace una decente película. Y es capaz de hacerlo porque rueda bien, porque sabe imprimir ritmo y porque sabe dirigir, en este caso, a los pocos actores que se ponen delante de la cámara, encabezados por un estupendo Sam Rockwell.

Pero todas las palmaditas en la espalda que le demos al director, han de ir acompañadas de importantes tirones de orejas. Duncan Jones es también responsable del guión, junto a otro debutante, Nathan Parker. Y los pabellones auditivos del vástago del camaleón del rock han de quedar rojos y doloridos, porque los errores del libreto son tan clamorosos como decisivos a la hora de poner en duda toda la historia.

Moon es una ópera prima que, sin embargo, hace aguas en donde estas primerizas obras no suelen hacerlo. No es que cualquier película que suponga el debut de un director presente un guión sólido, pero sorprenden esas lagunas en el guion, en contraposición a la capacidad de Duncan Jones para rodar bien, para poner la cámara en el lugar más adecuado en cada momento, y para lograr que su actor protagonista logre transmitir las evidentes sensaciones que el responsable de la obra pretende. No parece ésta la película de un debutante, sino la de un buen cineasta que ha rodado un mal guión. Por eso creo que hay un potencial buen director detrás de Moon.

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Tenemos, más allá de esos importantes errores en la historia, una interesante película, siendo ésta la principal sensación que uno se lleva tras verla. Una obra de ciencia ficción pequeña, asequible, minimalista, con un único personaje protagonista, ese astronauta encarnado por un Sam Rockwell que ya había apuntado talento como secundario en un puñado importante de películas, desde Frost/Nixon hasta El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford, pasando por dos infravaloradas obras del tándem Clooney-Soderbergh: Confesiones de Una Mente Peligrosa (debut de Clooney como director), y Bienvenidos a Collinwood (con Clooney como actor y Soderbergh como productor). En todas ellas Rockwell hacía buenos trabajos, siempre a la sombra de otros compañeros de reparto, o del propio director, en el caso de la película dirigida por George Clooney, pero sacando partido de sus dotes como intérprete.

Dotes, que, esta vez sí, se ponen de manifiesto en este papel de astronauta, ese Sam Bell que pasa sus días en la base lunar, contando las horas que le quedan para que sea sustituído y pueda volver con su mujer y su hija. Moon habla, ante todo, de la soledad, del desarraigo vital y personal que se acentúa en un trabajo como el de un tipo que vive en la rutina más absoluta, en la Luna, coordinando la maquinaria que permite extraer helio de la superficie lunar, para que sea aprovechado como la nueva fuente de energía en la Tierra.  Rockwell está soberbio, en especial cuando la trama deriva hacia ese terreno tan delicado del que hablaré en el párrafo siguiente, no sin avisar que a partir de ahora vienen los inevitables SPOILERS, necesarios para hablar de Moon con la precisión que se merece.

 

COMIENZO DE LOS SPOILERS

 

Y es que resulta complicado analizar la película sin referirse a esos clones que la empresa que se encarga de la extracción del helio ha instalado en la base. El astronauta Sam Bell tiene un gran número de sustitutos, clones que esperan el momento de pasar a la acción si el sujeto principal, como ocurre en la historia, sufre un accidente. Sam Bell se empotra contra un extractor de helio cuando está trabajando en la superficie de la Luna, y es reemplazado por otro Sam Bell, un clon que, y aquí reside una importante novedad, es capaz de recordar y de sentir como lo hacía el original.

Una vez asumida la presencia del clon, el espectador, que asistía con interes al desarrollo de la película, comienza a hacerse preguntas. Cuesta creer que una compañía a priori tan poderosa como la que monta todo el sistema de extracción prefiera ese sistema de clones que el que suponíamos real, o sea, la sustitución del astronauta por otro compañero pasado un determinado tiempo. Pero parece que el en el futuro la ingeniería genética no es tan cara como presuponíamos. Pero este inconveniente de guion no es tan grave como los que vendrán después. Uno acepta la presencia del clon, que, de hecho , proporciona alguno de los mejores momentos de la cinta, en especial cada vez que discute cara a cara con su yo original. Cabe destacar que una vez aparecido el clon, Sam Rockwell es el encargado de interpretarle, mientras que el papel del primigenio Sam, magullado por el accidente, pasa a ser responsabilidad de Robin Chalk, un actor de sorprendente parecido a Rockwell, que con el maquillaje resulta totalmente imposible de distinguir, lo que otorga una credibilidad pasmosa a las escenas que hacen juntos.

Poco a poco sabemos más sobre las intenciones de la corporación, y el clon, sorprendentemente dotado de un proceder de lo más lógico e inteligente, urde un plan para volver a casa, devolviendo al Sam original al lugar en donde se accidentó, una vez comprobada y reconocida su incapacidad para curarse. Y aquí se estropea del todo, con ese desenlace en el que el clon de Sam Bell se dirige a la Tierra a bordo de una cápsula de helio, algo realmente difícil de asumir… Al final, como en tantas y tantas peliculas, la gran empresa es el villano, la corporación,que sólo ansía maximizar sus beneficios a costa incluso de la integridad fisica y emocional de sus empleados. Como Umbrella, como Dharma, como Ingen, como tantas y tantas otras empresas malas de ficción…

FIN DEL SPOILER

Y no debo de olvidarme de Kevin Spacey, que se encarga de poner voz a GERTY, el ordenador que controla el sistema de extracción y que se pone del lado de su humano compañero Sam, cuando las cosas se complican, en otro patinazo del guión que resulta difícil de creer. GERTY es la respuesta del nuevo cine a HAL 9000, la computadora de 2001, el clásico de Kubrick del que Moon toma bastantes cosas, aunque para nada sean obras comparables.

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Estamos, por tanto, ante una pelicula interesante, que se aprovecha de una consecuencia inmediata de su torpe guión. Moon es ciencia ficción accesible, entendible, que se aparta de la metafisica, la filosofia y la fisica cuántica para ofrecer una trama digerible para el espectador, alejándose de lo farragoso de propuestas como el Solaris de Tarkovsky o incluso del Apollo13 de Ron Howard, producto mucho más comercial que terminaba provocando un profundo hartazgo por la abundancia de diálogos con términos técnicos sobre astronomía y astro-fisica. Moon, por el contrario, va directa a la sensibilidad del espectador, tocando temas inherentes a la condición del astronauta (esa soledad, esa condición de sacrificado representante de la raza en el espacio infinito…) de una manera ágil y directa, de fácil comprensión, aunque con gigantescos cráteres en su trama.

Moon es cine recomendable,  a pesar de sus enormes fallos. Es una pelicula minimalista, que se deja ver, que hasta logra en algun momento compensar los lamentables errores. Es algo asi como un 2001 de bolsillo, una atraciva propuesta de ciencia ficción que con otro guión se hubiese convertido en una de las mejores peliculas del pasado año. Seguiremos atentos a la carrera de Duncan Jones, pero ojalá que se dedique sólo a dirigir, porque, como director, a mi me ha demostrado que no parece precisamente un absolute beginner…

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Última actualización en Miércoles, 03 de Marzo de 2010 11:25
 
LOS 39 ESCALONES; Y no, no son los de Hitchcock... PDF Imprimir Correo
Escrito por santiago vazquez gomez   
Viernes, 19 de Febrero de 2010 12:53
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En 1935 Alfred Hitchcock estrenó una de las más famosas películas de su época británica. Los 39 Escalones era una estupenda adaptación de una novela de John Buchan, en la que un hombre llamado Richard Hannay se ve inmerso, sin quererlo ni pretenderlo, en una trama de espionaje que le lleva a tener que huír de las fuerzas policiales londinenses. La película del maestro del suspense fue reconocida como una obra maestra, a pesar de tomarse importantes licencias respecto a la novela, y contenía ya muchos de los aspectos redundantes en varias de las más recordadas obras del director, como la confabulación contra un inocente, su posterior y desesperada huía, y, por supuesto, el mcguffin, esa excusa perfecta que daba pie a toda la historia y de la que poco, o nada, sabemos hasta el desenlace.

 

El 28 de diciembre de 2008, la BBC estrenó una nueva versión de la novela de Buchan, una lujosa y ambiciosa revisión televisiva de la historia que mantenía alguno de los importantes cambios introducidos por Hitchcock, y, lo que es mejor, toda la atmósfera de suspense que envolvía aquella maravilla de 1935. La prestigiosa cadena pública británica produjo lo que aquí, a veces despectivamente, denominaríamos una tv-movie, de una calidad que si conociésemos aquí nos haría abandonar el carácter despectivo del término. Los ingleses pusieron toda la carne en el asador, se gastaron una buena cantidad de libras en volver a recrear las peripecias de ese Richard Hannay envuelto en una tétrica conspiración y presentaron una obra que sirve para presentar la historia a una nueva generación de espectadores (más afín al color, frente al glorioso blanco y negro de la de Hitchcock), al tiempo que homenajea e impulsa a revisar aquella antigua y maravillosa película. Viendo este eficaz remake, uno recuerda lo que hacía el propio cineasta británico: rodar nuevas versiones de sus películas con el objetivo de que, en una época en la que no había dvd ni la actual oferta televisiva, muchos podían quedarse sin admirar obras mayúsculas, como El Hombre que Sabía Demasiado, que contó con dos versiones en 1934 y en 1956.

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Efectivamente, Los 39 Escalones, versión 2008, es un remake efectivo, fiel, bien escrito, bien rodado y magníficamente interpretado. No cuenta en su reparto con rostros conocidos, pero sí con competentes intérpretes, en la mejor tradición de la escena británica. Rupert Penry-Jones es el protagonista, quien pone rostro a Richard Hannay, un actor competente al que hemos podido ver en papeles pequeños en producciones como Match Point. Lydia Leonard es la chica de la función, un personaje repleto de sorpresas que representa el interés romántico del protagonista, lo que supone una importante modificación respecto a la novela, en la que no había espacio para el romanticismo, algo que también incluyó el astuto Hitchcock. Y junto a ellos, un nutrido grupo de solventes actores, casi todos ellos pérfidos espías que tratan de conspirar contra la paz mundial planificando el atentado que daría lugar a la Primera Guerra Mundial.

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En lo que sí coinciden la novela y esta producción es en la existencia de esos treinta y nueve escalones como elemento físico. Esos escalones existen, y conforman un camino decisivo en la resolución de los enigmas que la trama plantea. Hitchcock, por su parte, convirtió a esos treinta y nueve escalones en una organización clandestina, responsable de las penurias de Hannay.

 

Existen otras dos versiones de la novela de Buchan. En 1959 Ralph Thomas dirigió una olvidable película protagonizada por Kenneth More, y el interesante Don Sharp, responsable de muchas entrañables series B en los 60 y 70, dirigió en 1971 otra versión, más decente que la de Thomas, pero mucho peor, en mi opinión, que la de Hitchcock.

Esta versión televisiva se la debemos a James Hawes, eficaz artesano que ha firmado episodios de series ambiciosas de la propia BBC, como Dr. Who o Merlín.

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No es posible adquirir esta obra en dvd en nuestro país, aunque sí está disponible en el mercado de importación. Quien no haya visto la maravilla de Alfred Hitchcock, que lo haga ya, y quien sí la haya visto, tiene la oportunidad de volver a disfrutar con una entretenida historia de suspense y espionaje, no tan grande como aquélla que protagonizaron Robert Donat y Madeleine Carroll, pero sin duda interesante...

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Última actualización en Viernes, 19 de Febrero de 2010 13:17
 
XXIV EDICIÓN DE LOS PREMIOS GOYA: El cine español, todos a una... PDF Imprimir Correo
Escrito por santiago vazquez gomez   
Martes, 16 de Febrero de 2010 00:11

Las galas de entrega de premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España, es decir, los Goya, han sido siempre objeto de controversia, de polémicas que , tristemente, eran el fiel reflejo de la situación del cine español. Directores consagrados que discrepaban de determinadas decisiones, acusaciones de querer copiar a los Óscar, el No a la guerra... Pero si algo ha quedado claro tras la XXIV ceremonia de entrega de los Goya es que algo ha cambiado para bien, y gran parte de culpa la tiene el Presidente de la Academia, ese Alex De La Iglesia responsable, supongo, de acertadísimas decisiones y aglutinador de egos, capaz de hacer que el cine español, en su noche, luzca sus mejores galas y ofrezca un espectáculo divertido al tiempo que premia lo mejor de un año que ha sido especialmente pródigo en buen cine.

Y es que la gala fue, en mi opinión, la mejor de la historia de estos premios. Casi nada falló, casi nada sobró. Y los mejores trabajos en cada categoría fueron reconocidos, sin que hubiese apenas posibilidad de sorpresa (quizás sólo el premio para el gran Raúl Arévalo como mejor actor de reparto, superando a los consagrados Resines y Darín). Pero antes de repasar los galardones, justo es reconocer los enormes aciertos que supusieron las decisiones tomadas.

Buenafuente es el hombre. Es muy probable que De La Iglesia haya encontrado a nuestro Johnny Carson o a nuestro Billy Cristal. Cierto es que Rosa María Sardá lo hizo muy bien en su momento, pero sería una lástima que el presentador del exitoso late night fuese uno más de la lista de conductores de la gala que no repiten. Buenafuente estuvo genial, simpático, ácido y contó con la evidente complicidad de las principales estrellas de nuestro cine sentadas en las primeras filas (salvo Paz Vega, que no se mostró especialmente contenta cuando el cómico se sentó a su lado). Estuvo tan bien que hasta se echó de menos más protagonismo por su parte.

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Otro factor decisivo en el éxito ha sido la acertadísima decisión de los responsables de Televisión Española de suprimir la publicidad. La gala fluyó con un ritmo envidiable, cada premio daba paso de inmediato al siguiente, cada presentador cedía el testigo al siguiente y así hasta completar dos horas y cuarenta minutos que se nos pasaron a velocidad de vértigo. El cine se beneficia más que nada de que en el ente público no haya anuncios, ya que ahora se puede disfrutar de una película emitida sin cortes, y la ceremonia de los Goya discurre con una agilidad pasmosa.

Acertado fue sin duda el discurso de Alex De La Iglesia. Sus palabras denotaban un sincero deseo de volver a empezar, de hacer borrón y cuenta nueva y, lo que es más importante, de reconocer errores. Tuvo la enorme inteligencia de mezclar la autocrítica contundente con pequeños toques de humor, y afirmó que si él había sido capaz de perder treinta kilos, el cine español también podía cambiar.

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Todos los presentadores estuvieron muy bien. Aunque tras disfrutar del número musical de Javier Godino y Secun De La Rosa uno se esperaba más bailes y canciones, y es que el numerito con acordes del Mack The Knife fue genial, emulando los que hacía Billy Cristal para presentar las películas nominadas. A ver si en años venideros el guión de la gala incluye más números musicales protagonizados por las estrellas de nuestro cine.

Pero sin duda, lo mejor, para quien esto escribe, fue la sensación de unidad que desprendió la gala en todo momento. Durante casi tres horas desaparecieron las trincheras, las envidias y las discrepancias. Resulta reconfortante ver que intérpretes consagrados internacionalmente como Penélope Cruz y Javier Bardem acuden a la gala y se prestan en colaborar y en entregar premios, por no hablar de la sorpresiva aparición de un Pedro Almodóvar que parece haber cerrado definitivamente las heridas abiertas en sus relaciones con la Academia. Quizás ya sólo falte Garci.

Respecto a los premiados, hubo, en mi opinión, evidente justicia. Celda 211 ha sido sin duda la película española del año, y sus ocho galardones así lo atestiguan. Luís Tosar era ya ganador antes incluso de ser nominado, y la película de Daniel Monzón se alzó con varios premios gordos, como el de mejor película, director, actor y guión adaptado, además de ser reconocido el trabajo de Alberto Ammann y Marta Etura. Lola Dueñas era un poco más favorita que Penélope Cruz y Rachel Weisz en una categoría muy abierta; Raúl Arévalo rompió en cierta manera el guión establecido que situaba como vencedor a Antonio Resines o a Ricardo Darín; Soledad Villamil fue la mejor actriz revelación aunque lleve casi dos décadas haciendo cine y la pareja guionista compuesta por Amenábar y Mateo Gil volvió a llevarse el premio al mejor guión original. Pero el reconocimiento más importante y entrañable fue el que se llevó Antonio Mercero, un artesano, un competente cineasta que obligó a millones de espectadores a sentarse delante de la tele gracias a sus impecables productos televisivos. Yo, personalmente, siempre le agradeceré el miedo y la angustia que me hizo pasar con La Cabina.

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Y así transcurrió la noche del cine español. Una noche para recordar, porque la ceremonia en la que se premió a lo mejor de nuestro cine estuvo casi tan bien como esas estupendas películas españolas que tuvimos ocasión de ver en el último año. Y yo me alegro especialmente por dos tipos que han salido del cine menos pretencioso, dos cinéfilos que lograron meter la cabeza en el oficio de cineastas para regalarnos estupendas películas de género aptas para los públicos que disfrutan con el mejor cine palomitero. Uno es Alex de La Iglesia, presidente de la Academia, y lo está haciendo de cine. El otro es Daniel Monzón, responsable de que perdiésemos a un crítico estupendo pero de que ganásemos a un excelente director. Bien por ellos, bien por el cine español, esta vez sí, todos a una...

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Última actualización en Martes, 16 de Febrero de 2010 08:40
 
THE PRISONER: Remake de una serie de culto... PDF Imprimir Correo
Escrito por santiago vazquez gomez   
Miércoles, 10 de Febrero de 2010 22:45

Un poco de televisión para el blog, con el permiso de mi compañero Jesús Usero, que es quien más domina esto de la ficción catódica...

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El 1 de octubre de 1967, se estrenaba en la televisión británica el primer capítulo de El Prisionero, un ambicioso y rompedor proyecto que tenía como impulsor, protagonista y director de varios episodios a Patrick McGoohan, un excelente actor que tuvo que ceder ante la cadena ITV en diversos aspectos de la producción. La serie fue recibida con división de opiniones, pero el paso del tiempo la ha situado como una auténtica obra de culto, venerada entonces por el mismo tipo de espectador que hoy disfruta con Lost. Una trama confusa, una atmósfera asfixiante, suspense, preguntas sin respuesta y temas radicalmente nuevos para la época (las libertades individuales, la manipulación del sueño, las sustancias alucinógenas...) conformaron un esquema adelantado a su tiempo que sólo décadas después de su estreno recibió elogios y consideraciones.

Se nos contaba la historia de Número Seis (Patrick McGoohan), un agente secreto británico que se despierta un día en una misteriosa Villa justo después de haber presentado su renuncia. A partir de un primer episodio en el que se abrían multitud de interrogantes, el espectador se sentía constantemente atrapado por el desarraigo de un personaje que ignora las razones por las que está en la Villa, y que se resigna a ser tratado simplemente como un número. Otro habitante de la Villa, Número Dos, tratará en cada episodio de obtener información del protagonista, aunque nunca sabremos de qué tipo.

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Misterio, mucho misterio desprendía El Prisionero en los 60. Hoy, en una época en la que todo se hace y se rehace, el canal estadounidense de pago AMC (responsable de la exitosa Mad Men) nos ha devuelto a la Villa. El remake que se estrenó el pasado 15 de noviembre en los Estados Unidos, es una interesante propuesta que intenta recoger toda la atmósfera y espíritu del original, sin escatimar medios. James Caviezel retoma el papel de Número Seis, enfrentándose esta vez a un imponente Ian McKellen como Número Dos.

La serie original era una sucesión interminable de enigmas, la mayor parte de los cuales quedaban sin resolución. Incluso el final, con un último capítulo escrito por McGoohan a toda prisa para satisfacer a la cadena, quedaba más abierto que lo que uno hubiese deseado. Esta versión de 2009 se aparta de esa incertidumbre para ofrecernos un desenlace claro, cerrado, aunque hasta llegar a él tengamos que especular sobre multitud de cuestiones que sólo se resuelven en el último capítulo.

McGoohan planeó la serie original como una historia que debía de ser contada en siete episodios. Las presiones de la cadena que lo emitía le obligaron a rodar 17, lo que sin duda influyó negativamente en la narración. El remake consta de seis, de cuarenta y cinco minutos cada uno. Seis episodios para contarnos las peripecias de Seis, el personaje protagonista encarnado por un James Caviezel siempre convincente.

El primer episodio nos muestra a Seis recién llegado a la Villa, en donde tratará de salvar a un anciano que huye de un grupo de hombres que le disparan. Se trata de Número 93, quizás un guiño u homenaje al personaje de McGoohan en el original. A partir de ahí se alternan en cada episodio las escenas en la Villa (que constituyen la mayor parte del metraje) con los flashbacks que nos van proporcionando, en pequeñísimas dosis, información sobre las andanzas del protagonista antes de su reclusión. Y así hasta llegar al último y, afortunadamente, clarificador episodio, en el que se ponen todas las cartas boca arriba.

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El Prisionero no está precisamente cerca de las series que triunfan en la actualidad. Nada tiene que ver con la acción adrenalítica de 24 o Prison Break, y, a pesar de esa concepción de la historia como un constante enigma, Lost responde a las preguntas de forma mucho más amena y hábil. Por apartarse, hasta lo hace de otros productos menos digeribles pero alabados de la actualidad, como Los Soprano o The Wire, dos series de una HBO en la que claramente se inspira ese canal AMC que trata de hacerse un hueco en la televisión de pago estadounidense. Pero esas dos series citadas, aunque cueste creerlo, discurren ante el espectador de forma mucho más ágil que las aventuras de El Prisionero, que, por supuesto, carece del encanto de la serie original.

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A mi no me ha seducido esta nueva versión del cautiverio de Número Seis, aunque la serie merezca la pena sólo por el increíble trabajo de un Ian McKellen que se reivindica, una vez más, como uno de los más grandes actores del panorama actual. Pero no es éste el tipo de narración que uno espera cuando se sienta delante de la tele, aunque se agradezca el diáfano final, del que, como he comentado antes, carecía el Prisionero de los 60. Pero aquél era mucho más ingenuo, surrealista y provocador, y contaba con un Patrick McGoohan que logró compensar las imposiciones de la cadena con un talento y una picardía insuperables. Es curioso que las dos versiones de esta historia sobre la falta de libertad y los totalitarismos presenten virtudes tan antagónicas. Si en el original el Número seis de McGoohan se imponía a un Número Dos interpretado por diferentes actores, en el remake el gran McKellen impone su carisma y presencia ante un Caviezel que tampoco sale mal parado. Pero en la nueva tenemos ese final concreto, tan deseado al menos por mi, mientras que en la antigua se nos quedaban por aclarar demasiadas cosas...

Pero la balanza se inclina descaradamente por El Prisionero de los 60, una serie incomprendida en su momento, pero que vista hoy sorprende por su consideración de visionaria y rompedora. Y es que cuando el avinagrado Alan Moore la considera una obra maestra, algo tiene que tener...

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