Flying
Flying, "volando", en inglés, tiene una clara connotación cinematográfica. El 6 de diciembre de 1982 se estrenó en España E.T. el Extraterrestre, la conocidísima película de Steven Spielberg que cautivó a millones de espectadores. Uno de ellos fue un niño de 7 años que vivió un momento decisivo en su vida aquella tarde-noche en la que por primera vez veía una película en una sala de cine. Para él aquel día empezó todo, comprendió que lo que estaba viviendo en ese momento era lo que quería vivir en su vida una y otra vez, y que quería dedicar todo el tiempo que pudiera a ver películas, en el cine, a ser posible. Mientras E.T. y su inseparable amigo Elliot surcaban los cielos aquel niño de 7 años asistía obnubilado a un momento único al que decisivamente contribuía la música del gran John Williams, en especial el tema Flying, el que sonaba en aquella maravillosa escena.
Aquel niño de 7 años tiene hoy 33, y soy yo. Me llamo Santiago Vázquez, y me gustaría, ante todo, agradecer a Héctor Alonso la oportunidad de contar con un blog en la página web de la revista que dirige, Acción Cine-Vídeo, de la que soy fiel lector desde su aparición en el mercado. En Flying hablaré sobre cine, no tan bien como el maestro
Miguel Juan Payán, a quien leo y sigo desde siempre en las páginas de la revista y con quien comparto espacio en la sección de blogs de la web. Pero lo haré lo mejor que pueda, y siempre con la pasión que quienes me conocen dicen que muestro al hablar sobre cine. El cine es mi vida, y a partir de ahora espero que este blog lo demuestre. Gracias a quien me lea.
Volemos....
Santiago Vázquez.
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Escrito por santiago vazquez gomez
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Jueves, 22 de Julio de 2010 18:41 |

Vale, es muy probable que no lo sea, sobre todo cuando en la comparación entran aquellas maravillosas películas en glorioso blanco y negro. Y al final uno trata de llamar la atención con los títulos de sus artículos, de ahí la contundencia en la calificación. Pero Pretty Woman es una delicia y, de lo que sí estoy convencido, es de que es la mejor comedia romántica en color hecha nunca. Y el público así lo entendió desde su estreno, lo que se demostró ya no sólo por el increíble respaldo en forma de mastodóntica taquilla sino ateniéndonos además a la cifra de copias vendidas de la película en vídeo y dvd, y, sobre todo, por las más que generosas audiencias televisivas obtenidas con cada emisión. Efectivamente, Pretty Woman es eso que muchas aspiran a lograr y sólo unas pocas consiguen: un clásico.
Yo creo que es una obra maestra, pero ésa es sólo mi opinión. Sí creo que es un hecho cierto que estamos hablando de una de esas obras en las que multitud de factores coinciden para dotar al conjunto de una trascendencia infinita. Ha ocurrido varias veces a lo largo de la historia del cine. Me refiero a películas que uno nunca metería en una lista con las que considerase las mejores películas de la historia, pero que, sin embargo, transmiten algo que las convierte en únicas e inolvidables: magia. Porque cuando las ves, a mi al menos ésa es la sensación que me invade, la de que estoy viendo una película mágica. El cine tiene mucho de personal, y cada uno puede sentir algo parecido con películas muy diversas, pero yo creo que obras como ésta, o como E.T., o como La Princesa Prometida impregnan de ese sentimiento a prácticamente todo el que las ve. Y podemos remontarnos hasta una película como Casablanca, a la que muy pocos críticos situaron en aquellas listas que proliferaron hace unos lustros con motivo del centenario del cine, y que recogían las que en su opinión eran las mejores películas de siempre. Pero resulta evidente que Casablanca pareció, desde el principio, tocada por la varita de un mago, que le dio el don de perdurar y trascender. Como Pretty Woman...
Los factores que propiciaron el éxito resultan evidentes, sobre todo cuando han pasado veinte años desde su estreno. A nadie escapa que el cásting resultó perfecto, a pesar de que ni Julia Roberts ni Richard Gere fueron las primeras opciones consideradas. Y podría ocupar párrafos y párrafos hablando sobre el guión y la dirección. Pero yo estoy convencido de que antes y después se rodaron películas con idénticas virtudes, que no alcanzaron ni de lejos el mismo éxito. Y ahí es cuando entra el juego esa conjunción astral en la que yo, ingenuo, creo firmemente. ¿Por qué una comedia romántica, un género no precisamente rompedor de taquillas, logró semejante éxito? ¿Por qué lo logró con un protagonista masculino cuya carrera declinaba y con una chica de escasa trayectoria? ¿Qué importancia tuvo la presencia tras las cámaras de un tipo que no contaba hasta entonces con ningún éxito destacable? ¿Cómo una historia mil veces contada, basada en los típicos gags sobre los distintos modos de vida de clases sociales antagónicas con toques de La Cenicienta se ganó el fervor de todo tipo de público? Yo no encuentro respuestas racionales y me limito a creer que, como tantas cosas en la vida, simplemente ocurrió. Serían los astros, sería el destino...pero, afortunadamente, ocurrió.

Pretty Woman contó con prácticamente todos los elementos que posteriormente serían considerados como la seña de identidad del género. Rasgos inequívocos como el proceso de enamoramiento de los protagonistas (que sí, que no, que sí...), los secundarios entrañables y de enorme importancia cómica y, sobre todo, la perfecta conjunción de comedia y drama. En donde sí logró la película sentar cátedra, hasta niveles inalcanzables posteriormente, fue en el tono general de la cinta. Para entendernos, Pretty Woman es una increíble historia de amor que no empalaga, que no resulta vomitiva para quienes escapamos de frases cursis y ñoñas. Yo, que tenía catorce años cuando la vi en el cine, quedé fascinado por esa expresión de sentimientos tan pura y al mismo tiempo, apta para todos los públicos. Con una edad en la que se suele estar más cerca, por ejemplo, de Jungla de Cristal que de Pretty Woman (la segunda entrega de la saga protagonizada por Bruce Willis se estrenaría también en aquel 1990), yo, adolescente aún virgen de amoríos desatados, caí rendido con la historia de amor de Vivian y Edward...
Había química, toneladas de química...Había tanta que yo a veces tengo la impresión de que el concepto de “química” referido a la relación entre dos protagonistas de una película se inventó con ellos. Richard Gere y Julia Roberts magnetizaban el patio de butacas con cada escena que compartían. Nunca, ninguno de los dos, encontró semejante complicidad con otro compañero de reparto. Y nunca ninguno estuvo tan bien. Gere era un actor de renombre que no atravesaba precisamente su mejor momento. Había gozado de prestigio en la década anterior, gracias a sus trabajos con Terrence Malick en Días del Cielo, con Paul Schrader en American Gigoló y con Coppola en Cotton Club, pero llevaba más de un lustro sin enganchar un éxito destacable. 1990 sería el año decisivo en su carrera, porque logró su mayor éxito con Pretty Woman, pero porque además estrenó también Asuntos Sucios, un estupendo thriller policíaco dirigido por Mike Figgis en el que Gere estaba genial, y que debió de merecer más suerte. Nunca fue Gere un dechado de talento y sus interpretaciones destacables han sido pocas. Además de estas dos, Chicago y El Dr. T y las Mujeres pueden rescatarse de su filmografía.

Lo de Julia Roberts fue tremendo. Es cierto que había sido nominada al Óscar un año antes por su papel de reparto en el drama romántico Magnolias de Acero, pero la relevancia que logró con su papel de Vivian fue abrumadora. De hecho, si repasamos los nombres de las actrices que han sido nominadas en los últimos cinco años al Óscar a la mejor actriz de reparto, encontraremos muchas que han pasado al más absoluto olvido. Viola Davis, Ruby Dee, Taraji P. Henson o Adriana Barraza, por citar solamente a algunas, no tuvieron su Pretty Woman después de haber sido nominadas. Julia sí, y de ahí al cielo. Había nacido la novia de América.
Y esa condición rompió moldes además porque se trataba de una prostituta. Vale, ya sabemos que el poderoso Edward Lewis sacó a Vivian de la calle, pero el personaje que nos enamoró a todos, el que se ganó nuestros corazones era una prostituta. Hollywood había asaltado las taquillas de todo el mundo con una historia de amor entre un millonario y una chica de vida alegre, y, lo que resulta más increíble, Touchstone Pictures, la productora del invento, era una filial de Disney. Por increíble que parezca, la puritana compañía del ratón Mickey se forró gracias a una prostituta...

“!Bienvenidos a Hollywood! ¿Cuál es su sueño? Todo el mundo tiene uno...” Esas son las primeras frases que pronuncian en la película. La chica que nos conquistó soñaba con una vida mejor que la que tenía, y su sueño se hizo realidad. Ahí Hollywood fue más Hollywood que nunca y en ese aspecto no defraudó. El mismo personaje que pronunciaba esas frases al principio, un homeless dicharachero, las repetiría al final, como si le tocase a otro ver cumplidos sus deseos. ¿A él quizás?
Los secundarios jugaron un papel fundamental. Y representaron unos roles marcados, decisivos en el devenir de la trama. Inolvidable resulta la Kit encarnada por Laura San Giacomo, auténtico motor cómico de la historia y fundamental para compensar la candidez de su inseparable compañera de trabajo Vivian. Las mejores frases de la película salen de su boca, y los gags más recordados suceden con ella en pantalla. La actriz había logrado cierta relevancia con el debut tras las cámaras de Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo, pero nunca alcanzó un status importante. En la televisión encontró la estabilidad laboral, gracias a las series Dame un respiro y Saving Grace.

Jason Alexander fue Philip, el malo de la película. Una comedia romántica no suele dar cabida a villanos al uso, pero quizás la necesidad de acentuar la integridad del protagonista masculino provocó ese perfil desagradable del personaje. Philip Stuckey era el socio de Edward, un tiburón de los negocios sin escrúpulos, que trata de torpedear la historia de amor de su compañero para poder mantenerle activo en sus intereses empresariales. Jason Alexander sólo contaba con un papel importante en la serie Urgencias, pero demostró ser un actor excelente, alcanzando notoriedad al lado de Seinfeld. Yo le recuerdo, sobre todo, como el soez Mauricio, amigo de Jack Black en esa maravilla incomprendida que es Amor Ciego, la escatológica comedia de los hermanos Farrelly.

Otro de los aciertos mayúsculos fue contar con Hector Elizondo como gerente del majestuoso Hotel Regent Beverly Wilshire, en donde se alojaba Edward, y que se veía sacudido por el terremoto Vivian, a la que Elizondo adiestraba en las artes del protocolo y el buen gusto, con el objetivo de no desentonar en las reuniones de negocios a las que debía de asistir con su “cliente” Edward. Elizondo protagonizó, junto a Julia Roberts, varias escenas memorables, y sin duda hubiese merecido una nominación al Óscar al mejor actor de reparto.

Y una mención merece también Ralph Bellamy, fallecido un año después del estreno de la película, actor extraordinario y representante de la edad dorada de Hollywood, visto en obras memorables como Luna Nueva o El Hombre Lobo. Bellamy se despidió del cine con el papel de James Morse, un empresario de buen corazón que apela a la bondad de Edward para que salvaguarde los intereses económicos de su familia.

El reparto proporcionó, en su trabajo conjunto, un resultado mucho mejor que el que a priori podríamos esperar de las individualidades. O dicho de otro modo, nadie contaba que con semejantes mimbres se fuera a hacer un cesto tan bonito. De hecho es muy probable que si cada toma se hubiese rodado en un día diferente, ninguno de los actores hubiese estado tan bien. Insisto, cosas del destino.
Todos sabíamos que el hombre de negocios seductor y misterioso terminaría por llevarse a la chica de la calle. Lo que transmitían cuando compartían escena no podía quedar en una mera transacción comercial, en forma de servicio de compañía. Richard Gere fue capaz de expresar a la perfección ese sentimiento de incredulidad por haber encontrado a la chica de su vida en una esquina de una calle de Los Angeles. Y Julia Roberts fue lo más parecido a Audrey Hepburn, en escenas tan increíbles como aquella en la que negociaba la tarifa mientras se daba un baño de espuma escuchando música con unos enormes auriculares. La reencarnación de la inolvidable protagonista de Charada, uno de los seres más angelicales de la historia del cine, se dedicaba al oficio más antiguo del mundo...

El trabajo de director y guionista sí que nos dejó pasmados a todos. Pocas veces dos profesionales tan poco reconocidos dieron en el clavo con tanta rotundidad. Garry Marshall es un hombre de cine, un tipo que conocía los resortes de la profesión, en la que había trabajado como actor, guionista y director. Pero en ninguna de las tres facetas había destacado especialmente, o al menos no como para llegar con ninguno de sus trabajos a un público masivo. Como director se había especializado en comedias amables e insulsas, hasta que logró cierta relevancia con el drama Eternamente Amigas. En Pretty Woman mostró una destreza como sólo antes se había visto en los más grandes del género, manejando los tiempos y la cámara como en su momento habían hecho Lubitsch, Capra o Wilder. No parecía el cineasta de aquellas comedias olvidables, al servicio de unos jóvenes Tom Hanks (Nada en Común) , Kurt Russell (Un mar de líos) o Sean Young (Los locos del bisturí).

Pero si lo del director fue sorprendente, lo del guionista fue ya de traca. El libreto de Pretty Woman estaba firmado por J.F.Lawton, entonces un treintañero que sólo contaba con un guión convertido en película, y cuyo título no puede ser más redundante: Cannibal Women in the Avocado Jungle, una “comedia de acción selvática” en la que también ejerció como director. Pero viendo lo que hizo después de Pretty Woman, guiones como los de Presa de la Secta, Alerta Máxima o Reacción en Cadena, a uno sólo le queda pensar aquello que siempre afirmaba el entrañable Carlos Pumares cuando un director firmaba una buena peli tras haber hecho siempre bodrios: “se la hizo un primo”. Pues el primo de J. F. Lawton escribió un guión magnífico...
Pretty Woman se estrenó en los Estados Unidos el 23 de marzo de 1990. Obtuvo una recaudación en su primer fin de semana de 11 millones de dólares, pero el boca a oreja fue implacable y la cinta terminó recaudando 178 millones, para un total de 463 en todo el mundo, cifras astronómicas teniendo en cuenta que estamos hablando de una comedia romántica. Dentro de ese género, es la cuarta película más taquillera de la historia, y ciertamente resulta triste comprobar que ha sido superada por cosas tan olvidables como Hitch, Lo que piensan las mujeres y Mi Gran Boda Griega. Fue también la cuarta película más taquillera de aquel año 1990, clasificación que lideró otra comedia, ésta de características muy diferentes, Sólo en Casa. El amor triunfó en las taquillas aquel año, ya que la segunda fue Ghost, mientras que la gran triunfadora del año en cuanto a premios, Bailando con Lobos, fue la tercera. El auténtico mérito de Pretty Woman fue superar a cintas como La Caza del Octubre rojo, La Jungla 2, Desafío Total o Dick Tracy, todas ellas adscritas a géneros mucho más susceptibles de arrasar las taquillas. En España ha sido emitida catorce veces en televisión, liderando siempre los ránkings de audiencia, que nunca ha sido inferior a los 3 millones de espectadores.
La crítica también se rindió, y la premió con opiniones, cuanto menos benévolas. Y por supuesto hubo muchas que la destacaron como lo mejor del año. Julia Roberts fue nominada al Óscar como mejor actriz, y la banda sonora de la película se vendió como rosquillas, gracias a una serie de canciones que encajaban perfectamente en la película. Especialmente destacable fue el éxito del tema It must have been love, del dúo Roxette, que se convirtió sin duda en lo único empalagoso de la película.
Garry Marshall volvió a juntar a buena parte del equipo en 1999 en Novia a la Fuga, para la que reclutó otra vez a la pareja protagonista, sin olvidarse de su inseparable Hector Elizondo, habitual en buena parte de su filmografía. La película contaba con un guión original y divertido, pero el éxito no fue, ni mucho menos, el mismo. Hace muy poquito pudimos ver Historias de San Valentín, otra comedia romántica del director, con un amplísimo reparto repleto de caras conocidas entre las que estaba Julia Roberts. También resultó entretenida, pero la magia, lo que convirtió a Pretty Woman en una película inolvidable, se había acabado.
Quizás todo fue fruto de un sueño, ése del que hablaba el desconocido que salía al principio y al final de la película. Quizás fue el sueño de un director que soñaba con un gran éxito, o el de un actor en declive, o el de una joven promesa de sonrisa inabarcable, o el del primo de un guionista de escaso talento. Pero, afortunadamente para todos, el sueño se hizo realidad.

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Última actualización el Viernes, 23 de Julio de 2010 09:33 |
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Escrito por santiago vazquez gomez
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Jueves, 03 de Junio de 2010 11:42 |

No es la primera vez que un director de cine ve como su muy correcta ópera prima es descubierta cuando su segunda película se convierte en un éxito. Es entonces cuando el espectador seducido por ese segundo trabajo indaga en la filmografía del responsable, y descubre que el talento demostrado ahora estaba ya presente en su debut, en esa pequeña película que en su momento pasó desapercibida o que, en muchas ocasiones, ni siquiera tuvo un estreno en las salas de cine, sino que fue directamente al mercado del vídeo o dvd.
Algo parecido ocurrió, sin ir más lejos, con el responsable de la saga cinematográfica más famosa de la historia del cine. George Lucas se convirtió en leyenda con Star Wars, en 1977, y, aunque su anterior película American Graffiti había sido un moderado éxito y había recibido cinco nominaciones al los Óscar en 1974, muchos fueron los que rescataron del olvido la perturbadora THX 1138, una película de ciencia ficción sencilla, minimalista y que sin duda apuntaba las intenciones cinematográficas de quien pocos años después nos regalaría la space opera más maravillosa del cine.
En 1995 el reputado director Richard Donner estrenaba Asesinos, una película que en nuestro país alcanzó una notable repercusión al tratarse de la primera producción ambiciosa que nuestro Antonio Banderas rodaba en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción en la que Sylvester Stallone mantenía un intenso duelo con Banderas, los dos como asesinos profesionales que se vendían al mejor postor. La cinta se alejaba de estos productos de tiros al uso, y presentaba una historia más trabajada e interesante que la mayor parte de obras semejantes. No fue un taquillazo, pero la crítica, la misma que habitualmente destroza cualquier propuesta de este tipo, destacó el intento de la película por sacudirse los estereotipos y clichés más manidos.
Detrás del guión de Asesinos se encontraban dos hermanos, Andy y Larry Wachowski, quienes habían debutado con el libreto. Su tercer guión se convirtió en una de las películas más rompedoras, taquilleras y recordadas de la historia, y ellos serían los encargados de dirigirla, pero antes debutaron en la dirección con un proyecto muy diferente. Si Matrix era ambiciosa y se adscribía a las movedizas arenas de la ciencia ficción, Lazos Ardientes era una novedosa vuelta de tuerca al cine negro más seductor, casi una versión moderna de las aventuras de Sam Spade o de Phillip Marlowe, aunque, eso sí, con ingredientes suficientes para alejarse de todo convencionalismo, empezando, cómo no, por una pareja de protagonistas rompedora y capaz de transmitir un magnetismo inolvidable.

Efectivamente, antes de Matrix los hermanos Wachowski fueron responsables de una de las películas más injustamente ninguneadas e infravaloradas de los últimos tiempos. Y dicha falta de consideración hacia la película no se deriva de las malas opiniones, sino de un motivo mucho más evidente y comprensible: muy poca gente la vio. Lazos Ardientes se estrenó en los Estados Unidos el 4 de octubre de 1996, el mismo año en el que tres blockbusters irrumpieron en la taquilla con fiereza: Independence Day, Twister y Misión Imposible impidieron cualquier incursión en el box office, aunque, realmente las intenciones de los hermanos no eran liderar semejante clasificación. Eso lo aplazarían unos años. Con Lazos Ardientes trataron, simplemente, de aprender un oficio, de añadir a su condición de guionistas la de cineastas. Y realmente aprendieron rápido, vistos los excelentes resultados artísticos de su ópera prima.
Bound, que así es el título original de la película, es un thriller en el que tristemente la única escena de sexo terminó por eclipsar las muchas virtudes de la obra. Cierto es que en España el título no ayudó, ya que esos lazos ardientes y el sensual póster desviaron la atención y convirtieron a la película en un producto poco atractivo, algo así como un telefilm al que se habían agregado unas connotaciones sexuales para atraer al espectador menos exigente. A ello contribuyó, además, el hecho de que ningún gran estudio estuviese detrás de la cinta, y que el prolífico Dino de Laurentiis desechó cualquier posibilidad de promocionarla como se hubiese merecido.
Y con semejante falta de pretensiones se presentó la película en los cines. Los pocos que la vimos disfrutamos de una historia que sorprendía por su falta de pudor, su trama sorprendente y el espíritu de film noir que destilaba. Mezclaba el suspense con el cine de mafiosos, y contaba como mayor atractivo con un reparto tan efectivo como ajustado a los papeles. Gina Gershon, Jennifer Tilly y Joe Pantoliano conformaron un trío memorable, en el que los tres sobresalían por igual, y sin duda, podemos afirmar que sus trabajos son los mejores en sus carreras, teniendo en cuenta que ninguno de los tres ha logrado convertirse en una estrella destacada. Pero sus roles en Lazos Ardientes no son los menos malos de sus carreras, sino la demostración de que a veces los buenos actores no sólo dependen de su talento, sino de la capacidad para escoger bien, o, simplemente de estar en el lugar adecuado en el momento indicado.

Corky (Gershon) es una ladrona profesional, ex - convicta, solitaria y desconfiada, que se muda a un bloque de apartamentos en donde conoce a Violet (Tilly), novia de un mafioso. Las dos chicas inician una relación que las llevará de la pasión al gran golpe, al planear el robo de parte de la fortuna manchada de sangre que César, el mafioso encarnado por Joe Pantoliano, guarda en una caja fuerte de su apartamento.
Pocos personajes, pocas localizaciones y una sensación de austeridad típica de las primeras películas, cuando el dinero no abunda y ningún productor invierte grandes cantidades por muy prometedoras que sean las intenciones de los debutantes. Los Wachowski ofrecieron un guión ajustado, coherente y emocionante, y sólo su inexperiencia como directores podría echar el freno al encargado de la financiación. Pero Lazos Ardientes pronto se reveló como un proyecto sin fisuras, porque los hermanos trasladaron su magnífico guión a la pantalla como si de un curtido cineasta se tratara, logrando eso tan difícil y que en muchas ocasiones distingue a los grandes de los mediocres: la atmósfera, la sensación de que una película te atrapa y de que sientes el humo de los cigarrillos y el sabor de las cervezas que las chicas fuman y beben mientras dan forma a su plan.
Precisamente esa atmósfera de cine negro es la gran baza de los Wachowski como narradores. Son capaces de presentarnos a dos lesbianas como la típica pareja envuelta en las historias de ambición, pasión y corrupción que popularizaron Dashiel Hammett o Raymond Chandler. Que nadie busque en Lazos Ardientes las tramas rebuscadas y por momentos confusas de los maestros del género. La película es mucho más directa y sencilla, y se aprovecha de los interesantes personajes encarnados por dos chicas que hubiesen merecido mucha más relevancia.

Gina Gershon venía de interpretar a una ambiciosa lesbiana en la polémica Showgirls, la cinta con la que Paul Verhoeven y su guionista Joe Estherzas trataron de seguir alimentando el morbo tras triunfar con Instinto Básico. No le importó repetir con un personaje homosexual, algo que todos le agradeceremos eternamente. Logró componer una interpretación magnífica, una chica infinitamente alejada de la Cristal de Showgirls, y el perfecto contrapunto a la ingenuidad de Violet. Gershon nunca desarrolló una prolífica carrera en el cine, aunque pudimos verla en alguna ambiciosa producción como la genial Cara a Cara, de John Woo. La televisión ha sido en los últimos tiempos el medio en el que más ha trabajado, y a mi me sedujo especialmente su voz como Catwoman en la serie animada The Batman.

Jennifer Tilly era el complemento ideal. La sobriedad y racionalidad de la Corky encarnada por Gina Gershon encontró en la Violet de Tilly a su antítesis necesaria para que la película funcionase. Violet era una chica inocente, ingenua, casi bobalicona, aspectos que en parte se repiten en alguno de los papeles más destacados de su filmografía, como la Tiffany de La Novia de Chucky o la Olive de Balas sobre Broadway, sin duda su mejor trabajo, por el que fue nominada al Óscar a la mejor actriz de reparto en 1995. Su peculiar y voluptuoso físico ayudó, sin duda, al encasillamiento de la actriz en esos papeles de chica tonta.

Joe Pantoliano compuso, por su parte, un extraordinario villano, un mafioso que ve tambalearse en su status por culpa de su novia y la amante de ésta, lo que le llevará a la más absoluta esquizofrenia. Pantoliano fue el único del reparto de Lazos Ardientes que repitió con los hermanos, quienes le adjudicaron el decisivo papel de Cypher en Matrix. Su talento tampoco ha obtenido el merecido reconocimiento, aunque fue contratado por el gran Christopher Nolan en la estupenda Memento.
Historia, reparto y dirección fueron los tres ingredientes decisivos para que Lazos Ardientes se convirtiese en una buena película. No es una obra maestra, y probablemente quien esto escribe se deje llevar por su predilección por el género negro, ya sea en forma de película o novela. Tampoco descarto la posibilidad de que más de uno se lleve una decepción si decide verla tras leer este artículo, pero estoy seguro de que se trata de una película injustamente considerada. Es cierto que Matrix hubiese eclipsado a cualquier película anterior de los Wachowski, teniendo en cuenta lo que supuso de revolución técnica y de replanteamiento de los postulados fundamentales de la ciencia ficción. Pero si repasamos la carrera de los hermanos comprobaremos que es su segunda mejor obra, en dura competencia con Matrix, teniendo en cuenta lo horrendas que eran las dos secuelas de ésta y el desastre que fue Speed Racer.
Han pasado catorce años desde el estreno de Lazos Ardientes, y muchas cosas han cambiado en las vidas y en las carreras de los hermanos Wachowski. Se convirtieron en los cineastas más importantes de Hollywood tras la repercusión de Matrix, y Larry se ha cambiado de sexo, pasando a llamarse Lana. Puede que el desmedido éxito haya pasado factura en las mentes de dos tipos que conquistaron al sistema y que ahora son víctimas del egocentrismo. Pero debemos de confiar en el talento de unos cineastas que fueron capaces de crear dos maravillas tan distintas como esas dos primeras películas. Si la segunda es un hito en la historia de la ciencia ficcón, la segunda es una pequeña joya oculta...
Si queréis disfrutar del mejor thriller, del suspense y la pasión de los bajos fondos, ved Lazos Ardientes, y a quien no le guste, que me sacuda con sus comentarios, que serán bien recibidos.

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Última actualización el Jueves, 03 de Junio de 2010 21:40 |
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Escrito por santiago vazquez gomez
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Viernes, 14 de Mayo de 2010 17:29 |

1993 fue un año extraordinario cinematográficamente hablando. Disfrutamos en los cines de maravillas como La Lista de Schindler, Philadelphia, Lo que queda del día o El Piano, que acapararon premios y nominaciones , y tuvimos además una buena ración de éxitos veraniegos que mantenían la tradición iniciada por Spielberg con su Tiburón a finales de los 70, precisamente la que dio lugar al término “blockbuster”: cintas taquilleras pero buenas, cuidadísimas en todos sus aspectos, y, por supuesto, increíblemente entretenidas. Disfrutamos de Jurassic Park, El Fugitivo y de la que es, en mi opinión, la mejor película protagonizada por ese icono del cine de acción de los 80 que responde al nombre de Sylvester Stallone. Máximo Riesgo fue una enorme sorpresa, que nos dio mucho más de lo que uno podría esperar de una película con semejante protagonista. Y la clave, como casi siempre, estuvo en lo bien que se rodeó a la estrella, profesionales que bordaron sus trabajos y que demostraron, una vez más, que el buen cine surge de un acertado trabajo en equipo.
Ésa fue la clave que permitió olvidarnos de las evidentes limitaciones de Stallone como actor. Uno nunca espera verle en legendarias intepretaciones ni en películas sesudas y pretenciosas. Stallone es lo que es, un tío cachas que, sorprendentemente, encontró su lugar en el olimpo del cine con una de las películas más premiadas de 1976. Y es que, no lo olvidemos, Sly fue nominado al Óscar al mejor actor por Rocky, película que obtuvo otras nueve nominaciones y que logró el premio a la mejor película del año. Como no podía ser de otra manera, la realidad se abrió paso y nuestro entrañable púgil terminó siendo un Chuck Norris que contó siempre con mayores presupuestos que el Texas Ranger, en dura competencia con un Schwarzenegger que tuvo la fortuna de contar en muchas ocasiones con cineastas más talentosos.

Y durante esa carrera pródiga en golpes, puñetazos y anabolizantes, el bueno de Stallone nos regaló cosas francamente divertidas. La que más, sin duda, Máximo Riesgo, una apasionante película de aventuras ambientada en montañas nevadas, con buenos, malos malísimos y, sobre todo, un despliegue técnico de primer nivel, fruto, como decía un poco más arriba, de los competentes profesionales contratados en la producción. Pero, como decía Jack el Destripador, vayamos por partes...
Renny Harlin es un director finlandés que se abrió hueco en Hollywood como director de una de las muchas secuelas que tuvo Pesadilla en Elm Street, y que posteriormente triunfó de manera rotunda con otra secuela, ésta de mucho más nivel: La Jungla 2, Alerta Roja nos mostró a un cineasta excelente, un perfecto dominador de los más importantes códigos del cine de acción, que manejaba los tiempos como nadie y que rodaba de manera contundente cada escena. Su pericia le llevó a mejorar, cuando parecía imposible, el genial trabajo de John McTiernan en la primera de las aventuras de John McClane. Sí, yo soy de los pocos que prefiere La Jungla 2 a La Jungla 1, aunque reconozca que son dos de las mejores pelis de acción que se han hecho nunca.

Después de triunfar con La Jungla 2, Harlin se dio el gustazo de embarcarse en un proyecto mucho más modesto y distinto en sus pretensiones. Las Aventuras de Ford Fairlane era una comedia policíaca protagonizada por un singular personaje, un pintoresco detective interpretado por Andrew Dice Clay, un cómico muy de moda en los Estados Unidos por entonces. La cinta es hoy defendida en multitud de foros de internet, considerada como obra de culto, aunque a mi me parece una bobada mayúscula, muy al estilo del Ace Ventura de Jim Carrey. Pero, afortunadamente, Renny Harlin volvió al cine con el que había logrado sus mejores trabajos.
Y ese cine no era otro que el de alto voltaje, el de historias repletas de adrenalina y acción sin mayor pretensión que la de evadirse durante un rato en una sala de cine disfrutando de aventuras, explosiones y peleas. Pero, eso sí, con un guión mínimamente cuidado y una producción a cargo de gente competente.
El guión de Máximo Riesgo fue escrito a cuatro manos por el propio Stallone y por Michael France, quien debutaba como guionista y que tras la trascendencia de su ópera prima fue contratado para escribir el regreso de James Bond al cine tras muchos años de ausencia. Goldeneye fue otro destacado éxito, al que seguirían libretos para tres producciones que adaptaban personajes de Marvel: Hulk, Punisher y Los 4 Fantásticos. Aunque Goldeneye y el Hulk de Ang Lee son dos meritorias producciones, Máximo Riesgo sigue siendo, sin duda, el mejor de sus guiones, en el que desconocemos la importancia que tuvo la presencia del cachas protagonista: pero, al César lo que es del César, y si aparece acreditado habrá que otorgarle su parte de mérito. Stallone y France escribieron una trepidante aventura ideal para pasar un buen rato en una tarde de verano.
La elección del reparto estuvo plagada de aciertos. Eran tantos los buenos intérpretes que hasta Stallone se contagió y logró mostrarse convincente en determinadas escenas en las que muy pocos apostarían por él. No es que fuera Máximo Riesgo una película de emociones desatadas, pero el hecho de que se tratase de una cinta de acción con muertas, dramas y tragedias, provocaba que el hombre tuviese que abarcar ciertos registros impropios de un mamporrero como él. Y lo hizo muy bien. Pero, como todos sabemos, toda peli de este estilo ha de contar con un villano de altura. Y aquí lo había. Qualen, el despiadado ladrón y asesino que se las hace pasar canutas a nuestro héroe fue interpretado por uno de los actores de mayor nivel y carrera más injusta que uno recuerda: John Lithgow compuso un malo cruel, sanguinario y carismático, de ésos que elevan un peldaño el nivel de la película, y que se incrustan en tu memoria cinéfila para siempre. La escena en la que asesina a su compañera con la intención de quedarse él como único piloto del helicóptero resulta impactante y extraordinaria. Lithgow, nominado al Óscar al mejor actor de reparto en 1983 y 1984 por El Mundo según Garp y La Fuerza del Cariño, nunca tuvo la relevancia merecida, aunque últimamente ha logrado cierto reconocimiento gracias a su participación en la serie de televisión Dexter.

El resto del reparto eran secundarios que no desentonaron. La chica de la función era Janine Turner, quien gozaba de cierto prestigio gracias a su participación en la estupenda serie Doctor en Alaska, y que nunca pudo desarrollar una exitosa carrera en cine. Y la auténtica revelación fue Rex Linn, encargado de poner rostro a Travers, secuaz de Qualen e igualmente pérfido. Linn ha sido siempre un secundario desconocido, y repetiría posteriormente con Harlin en La Isla de las Cabezas Cortadas y Memoria Letal. Por último, Michael Rooker era quizás el menos entonado, en su papel de amigo del protagonista a quien responsabiliza de la muerte de su novia en una impactante escena inicial.

Y no sería justo olvidarnos del excelente equipo técnico, responsable de la impecable factura de la película. Los especialistas en sonido, efectos visuales y montaje de sonido, vieron recompensados sus excelentes trabajos con una nominación al Óscar, premio al que muy bien podría haber optado también el compositor Trevor Jones, quien se sacó de la manga un tema soberbio, épico y que se te pega desde los primeros acordes. La música de Máximo Riesgo nos hace soñar con aventuras en la nieve y escaladas en altas montañas, justo lo que evoca la película.
La trama, como no podía ser de otra manera en este tipo de cine, no resultaba especialmente complicada. Stallone era Gabe Walker, un veterano alpinista marcado por la muerte de la novia de su compañero, que decide abandonar su trabajo justo en el momento en el que un avión se estrella cerca de su puesto de mando. Los pasajeros resultan ser una banda de despiadados ladrones y asesinos, que harán que Gabe decida aplazar su decisión de retirarse para tratar de liberar a sus compañeros de la hostil compañía...

Otro de los indudables puntos fuertes de la película fue la ambientación. Los Dolomitas italianos se convirtieron gracias a la magia del cine en las montañas de Colorado, y la cinta mostraba espectaculares planos y escenas en montañas nevadas que servían como contexto geográfico de una historia que en determinados momentos nos provocaba un nudo en la garganta. El vértigo se apoderaba del espectador desde la espectacular escena inicial, que te atrapaba en la butaca y te advertía de que estabas a punto de asistir a una aventura mayúscula.

Máximo Riesgo se estrenó en los Estados Unidos el 28 de mayo de 1993, fecha que delataba sus evidentes intenciones de blockbuster palomitero. Pudimos verla en España en 17 de septiembre, precisamente el día en el que yo la disfruté en un pequeño cine de mi ciudad. Logró una recaudación de 84 millones de dólares en su país, para un total de 255 en todo el mundo, convirtiéndose en la décima película más taquillera de su año y la de mayor éxito en la carrera de Stallone, si exceptuamos Rocky, Rambo y alguna de sus secuelas. Yo lo tuve muy claro desde que la vi: nunca Sly había estado tan bien, y probablemente nunca lo estaría en el futuro. Y ciertamente, hoy en día, ese Rocky que logró tres Óscars en 1977, entre ellos el de mejor película, resulta mucho más plúmbea que esta estupenda película de aventuras. A modo de anécdota, cabe recordar que la cinta “logró” en su año cuatro nominaciones a los premios Razzie, que recogen lo peor de cada año. Incomprensiblemente, John Lithgow, Janine Turner, el guión y la película se vieron acompañados en la terna por productos tan olvidables como Una Proposicón Indecente, Sliver (Acosada) o El Cuerpo del Delito...
Existen en la historia del cine centenares, probablemente miles de películas mejores que Máximo Riesgo. Pero hoy a mi me apetecía recordar en el blog una olvidada maravilla que demuestra que el cine de acción, el más frívolo e inofensivo, puede a veces hacer que te olvides del reloj y de tu realidad durante un buen rato. Concretamente, durante 113 minutos, aquel 17 de septiembre de 1993 yo viví una inolvidable aventura en lo alto de unos picos nevados, y acompañé a Stallone en una peripecia memorable. Y me pregunto, ¿se puede obtener mayor satisfacción de una película? Afortunadamente, el cine también es esto...

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Última actualización el Viernes, 14 de Mayo de 2010 20:45 |
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Escrito por santiago vazquez gomez
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Martes, 04 de Mayo de 2010 12:15 |

En estos tiempos en los que los vampiros vuelven a triunfar en los ámbitos cinematográfico y televisivo, conviene recordar que estos chupasangres tuvieron muchos momentos de esplendor en el pasado. Los últimos años de la añorada década de los 80 fueron uno de esos momentos, gracias a Jóvenes Ocultos, una pequeña producción de Warner que se convirtió en uno de los éxitos más rotundos del lejano 1987, más por lo que supuso de revelación que por una taquilla verdaderamente llamativa. Se trató, en definitiva, de una peli de vampiros enormemente rentable...
Y es que no fue un proyecto ambicioso desde su concepción. Esa falta de contundencia presupuestaria se intuye desde el primer minuto de metraje, en una puesta en escena sencilla y, sobre todo, en un reparto compuesto por jóvenes estrellas y absolutos desconocidos. Pero todos ellos, y el propio director Joel Schumacher, que merece una mención especial, verían sus carreras impulsadas gracias al éxito de una película por la que pocos apostaban.
Puede que todos hayamos sido injustos con Joel Schumacher. Es cierto que se mereció todos y cada uno de los palos que le llovieron cuando decidió marcar los pezones de Batman y Robin en sus dos entregas de la saga, pero los árboles no han de impedirnos ver el bosque. Y lo digo yo, que tengo al personaje de DC entre mis debilidades más destacadas. Pero Schumacher había hecho antes e hizo después de Batman & Robin cosas que realmente merecen la pena, desde adaptar con solvencia obras de John Grisham como Tiempo de Matar o El Cliente, hasta divertimentos de lo más simplones como Ultima Llamada. Con Jóvenes Ocultos logró imponer su criterio en cuanto a la producción frente a opiniones diversas del estudio, que sin embargo se plegó a sus deseos con resultados más que satisfactorios. Esos resultados le convirtieron en un asalariado privilegiado en Warner, el estudio que le acogió en su seno produciéndole la mayor parte de sus obras, y el mismo que maldeciría la decisión de hacerle responsable de Batman Forever y, sobre todo, de Batman & Robin.

Pero hasta aquel fatídico 1996, en el que se estrenó su última y doliente peli sobre Batman, Schumacher era un cineasta muy considerado. Muchas de sus cintas habían sido moderados éxitos, había seducido a toda una generación de treintañeros con St. Elmo, Punto de Encuentro y, lo que es más importante, parecía sobradamente capacitado para saber cuáles eran los deseos del público en cada momento. A mediados de los 80, un guión sobre un grupo de niños vampiros rondaba por los despachos de Warner, y parecía convertirse en el inmediato proyecto de otro de los protegidos del estudio, Richard Donner, artífice de uno de los mayores éxitos de la historia de la major, Superman. Pero Donner estaba centrado en seguir proporcionando dólares al estudio con su Arma Letal, y los productores Mark Damon y Harvey Bernhard pensaron el Schumacher, quien había logrado excelentes respuestas de crítica y público con la mencionada St. Elmo. El cineasta aceptó la tarea con la condición de darle un lavado de cara absoluto al guión, apostando por cambios importantes como otorgar protagonismo a jóvenes y no a niños (aunque éstos estuviesen representados por personajes amables y siempre del lado de los buenos), y, sobre todo, haciendo de Jóvenes Ocultos una legítima hija de su tiempo. Efectivamente, la película acogería en su seno muchas de las tendencias estilísticas de una década, los ochenta, marcada por los vaqueros ceñidos, el pop desenfadado y los peinados voluminosos.
Semejantes intenciones de Joel Schumacher no se apartan mucho de lo que a mediados de los 90 trató de hacer con la saga de Batman que había iniciado Tim Burton. Y es que lo que vimos en los cines en 1995 y 1997 no fue sino la adaptación (nefasta) del personaje a esos años de colorido y fanfarria del momento, sin dejar de lado el toque inequívocamente gay. Schumacher, quien hace tiempo reconoció públicamente su homosexualidad, llevó a un icono de las viñetas a su terreno, y salió trasquilado.
Sin embargo con Jóvenes Ocultos todo le salió mejor. Evitó que el estudio facturase otro producto infantiloide al rebufo de éxitos de la época como Los Goonies, y puso su experiencia en el mundo de la moda (al que se había dedicado antes de ser director de cine) al servicio de una película que sin su presencia (o simplemente con Richard Donner como responsable) hubiese sido muy distinta, y, sobre todo, menos rentable.
Sus acertadas decisiones se extendieron además al reparto. Logró la participación de un par de críos que estaban en boca de todos, el recientemente fallecido Corey Haim y su tocayo Corey Feldman, con lo que se garantizaba el interés del espectador más joven. Consiguió asimismo la participación de una actriz del nivel de Dianne Wiest, que venía de ganar un Óscar como mejor actriz de reparto por Hannah y sus Hermanas, y se la jugó con un joven actor llamado Kiefer Shuterland, hijo del genial Donald Shuterland, que apenas contaba entonces con varios papeles secundarios. No acertó, sin embargo, con Jason Patric, limitadísimo actor de carrera intermitente que mostró enormes carencias y una gran escasez de recursos interpretativos.

Pero en conjunto, el reparto de la película resultaba interesante y competente . Y barato, porque en absoluto suponía alejarse de las pautas de austeridad que en Warner se habían planteado. Y dicha austeridad se manifestaría en todos los aspectos.
¿Alguien conoce alguna película de vampiros en la que se tarde una hora en ver un colmillo? En Jóvenes Ocultos sí ocurría. En un alarde de ingenio y contención presupuestaria, los guionistas James Jeremias y Janice Fischer escribieron un libreto en el que se ocultaba el verdadero aspecto de los vampiros durante buena parte del metraje, sin que el interés por la historia se resintiera. Las primeras fechorías de los chupasangres se nos muestran con una cámara voladora que simulaba a estos seres en pleno vuelo para atacar a sus víctimas. Conocemos el lado tenebroso de la pandilla de Kiefer Shuterland gracias a las interpretaciones de los actores y a sus intenciones, pero tenemos que esperar al minuto 60 de metraje cuando el propio Shuterland (a quien hoy nos cuesta reconocer en otro papel que no sea el de Jack Bauer) muestra su verdadera condición de criatura de la noche. Justo es reconocer que, a partir de entonces, Jóvenes Ocultos se convierte en una peli de vampiros mucho más cercana a lo que podemos ver en la actualidad.

La historia era muy sencilla. Una mujer divorciada, Lucy (Dianne Wiest), se traslada con sus hijos Michael y Sam (Jason Patric y Corey Haim) a Santa Carla, una pequeña localidad en donde reside su padre, y en la que han estado ocurriendo extraños sucesos en los últimos tiempos. Los hermanos Frog (Corey Feldam y Jamison Newlander), entablan amistad con Sam y le advierten de la presencia en el pueblo de vampiros, responsables de todos esos sucesos extraños. Comienza así la lucha de nuestros protagonistas contra esos no-muertos, que tratarán de que Michael se vea seducido por el lado oscuro.
Estamos, por tanto, ante una trama típica de la época, la redundante historia de unas personas que se enfrentan a lo desconocido en un emplazamiento también desconocido para ellos. Vista hoy, Jóvenes Ocultos resulta ciertamente aburrida en su primera parte, y, justo es reconocer que hasta ridícula en algunos momentos. Pero debemos de tener en cuenta el contexto en el que se estrenó, su condición de película ochentera por antonomasia y de auténtica hija de su tiempo. Refleja las inquietudes del momento, el look y las tendencias de una época quizás extrema en sus manifestaciones estilísticas. Pero cuando la cosa se desmadra y la sangre empieza a brotar, se disfruta como el mejor de los episodios de Buffy, o como la típica peli de vampiros que podemos ver en la actualidad. Y además supone un divertido homenaje a la cultura popular, con referencias comiqueras a cargo de esos hermanos Frog, de nombres Edgar y Alan...
Jóvenes Ocultos se estrenó el 31 de julio de 1987 en los Estados Unidos, constituyéndose como una entrañable y divertida película veraniega. Logró una recaudación en su primer fin de semana de más de 5 millones de dólares, para un total de 33 en su país, todo un éxito teniendo en cuenta su modesto presupuesto. Es la decimoquinta película de vampiros más taquillera de la historia, en una clasificación encabezada por las mucho más ambiciosas sagas de Crepúsculo, Blade, o las estupendas Drácula de Bram Stoker y Entrevista con el Vampiro. Y en aquel 1987 se peleó con taquillazos como Tres Hombres y un Bebé, Atracción Fatal o Los Intocables.

Warner siempre la consideró una pequeña joya de su catálogo, y el rumor de una posible secuela estuvo en el aire desde el principio. Finalmente se decidió rodarla para estrenarla directamente en dvd. En 21 de julio de 2008, casi veintiún años después del estreno de Jóvenes Ocultos, se estrenó en Estados Unidos The Lost Boys, The Tribe, que aquí recibimos como Jóvenes Ocultos 2; Vampiros del Surf, una producción de escaso interés que sin embargo triunfó por todo lo alto en el mercado videográfico, y que trató de rescatar a un Corey Haim ya destinado al trágico final que tuvo.

No es una maravillosa película, pero sí representa lo más recordado de una década, los 80, que proporcionó, cinematográficamente hablando, innumerables momentos de diversión para mi generación. En tiempos de Crepúsculo y de True Blood, conviene recordar a aquellos vampiros ochenteros que se hicieron con un merecido hueco en nuestra memoria cinéfila...
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Última actualización el Martes, 04 de Mayo de 2010 21:49 |
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Escrito por santiago vazquez gomez
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Jueves, 15 de Abril de 2010 12:32 |

Uno creía que el nombre de Roger Corman no aparecería nunca escrito al lado de la palabra “Oscar”, pero tras 389 películas como productor y 90 como director (faceta de la que lleva apartado desde 1990), la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas tuvo el enorme acierto de premiarle este año con el Óscar honorífico, galardón que también tuvieron el honor de recibir la maravillosa Lauren Bacall y el director de fotografía Gordon Willis. De esta forma, Corman, el rey de la serie B, el factótum de la rentabilidad cinematográfica, obtuvo su estatuilla. Y yo me alegré mucho...
El cine siempre ha estado ligado a la dualidad arte-industria. Corman se cargó la primera de las consideraciones, lo cual siempre podrá ser discutido dado el carácter subjetivo del término “arte”. Pero, ante todo, el cine siempre fue, para Roger Corman, una fabulosa industria, un lego caótico en el que él situaba las piezas a su manera, de forma que siempre existía un espectador contento con el edifico de piezas desmontables que el productor había creado, aunque dicho edificio fuese muchas veces de dudosa condición artística. Pero un tipo que escribe un libro titulado Cómo hice 100 films en Hollywood y nunca perdí un céntimo tiene que ser ineludiblemente un tipo interesante. La concesión del Óscar, a sus 84 años, me ha animado a hablar en este blog de la película que a mi más me gusta de las muchísimas que componen su filmografía. El Hombre con Rayos X en los Ojos es, quizás, la mejor muestra de las intenciones de Roger Corman, la que mejor refleja el espíritu con el que este entrañable hombre hace cine: cine, por supuesto, de género, con pocos recursos pero infinita ambición, cine de sobremesa, o de noches de Halloween, cine para no pensar, para soñar entre monstruos, científicos locos, mutaciones genéticas y, claro, personajes de Edgar Allan Poe que cobran vida cinematográfica gracias a nuestro hombre. El maestro de ceremonias Corman nos invita a una sesión de cine que se puede calificar de todo menos de pretencioso. Se abre el telón, y comienza una función tan divertida como barata...

El Hombre con Rayos X en los Ojos se estrenó en 1963, en los años en los que Roger Corman encandilaba a los amantes del fantástico con aquellas intrépidas adaptaciones de los libros de Edgan Allan Poe. Películas como El Cuervo, La caída de la casa de los Usher, La Obsesión o El Pozo y el Péndulo, constituyen, sin duda, los mejores trabajos del productor, que en estos casos se colocó también detrás de las cámaras. Y, al lado de estas pequeñas maravillas, se sitúa, en mi opinión, la película que nos ocupa, protagonizada por un Ray Milland que ya había trabajado con Corman precisamente en La Obsesión. Milland es la película, carga con todo el peso de una historia tan simple como efectiva, en la que interpreta a uno de los estereotipos más clásicos de las historias de terror y aventuras que se podían disfrutar en los cómics y las películas de los 40, 50 y 60: el mad doctor, el sabio transtornado que se enfrenta a su gran descubrimiento rebosante de poder y ambición, aunque las primeras intenciones de nuestro doctor James Xavier sean de lo más loables...Pero, como en tantas y tantas historias, la incomprensión de sus colegas ante el progreso, y la consideración (no del todo injusta) del científico como un absoluto chiflado, le llevarán a un interesante lado oscuro...
Como el propio título indica, nuestro protagonista es capaz de ver a través de los objetos, gracias al preparado que se echa en los ojos, fruto de su condición de oftalmólogo. Ver a Milland con la bata blanca, celebrando el éxito de su audaz experimento, nos remite, como dije antes, a ese personaje recurrente en la ficción de aquellas décadas de buenos y malos. Y resulta emocionante ver a un actor de su talla comprometerse con semejante locura de proyecto, tan alejado, por ejemplo, de la película con la que le descubrí en mi infancia, el Crimen Perfecto de Hitchcock en la que Ray Milland interpretaba al pérfido Tony Wendice, que preparaba un astuto plan para asesinar a su encantadora esposa, la dulce Grace Kelly. Pero antes, cuando un actor era bueno, no entendía de trabajos alimenticios, ésos que tanto aceptan sin pestañear los mejores de hoy en día. Milland estaba espléndido en Crimen Perfecto, pero no lo estaba menos en un papel mucho más frívolo como el del doctor James Xavier.

Todo es “mínimo” en la película. No sólo el presupuesto, sino la sensación que se desprende del visionado de una producción que aprovecha al máximo lo interesante de su propuesta argumental, y, por supuesto, el buen trabajo de un actor grandioso. Mínimo es el metraje, con 79 minutos aprovechados, eso sí, al máximo. Mínima es la historia, mil veces vista y mil veces contada en el cine de género. Pero todo ese minimalismo contrasta con la máxima satisfacción que produce ver una película deudora de alguno de los más importantes movimientos vanguardistas de la época, con esos coloridos que remiten a Andy Warhol, y esa ingenuidad propia del cine virgen, liberado de presiones y pretensiones artísticas e industriales, al tratarse de un proyecto alejado de los grandes estudios. Y es que Roger Corman, era, ante todo, independiente. Los buenos momentos no sólo nos llegan con las desventuras de Ray Milland, sino con escenas tan locas y bizarras como ese guateque en el que el protagonista asiste a los efectos de su pócima que le permiten ver desnudos a todos los asistentes. Y mención especial para el final, tan sorprendente como desgarrador…
Algo tiene el cine fantástico que cuando te llega, te deja un halo de satisfacción incomparable. No es alto el porcentaje de películas que lo consigue, y menos en una época como la nuestra en la que las vísceras, el gore y los redundantes argumentos echan por tierra cualquier posibilidad de disfrute. Pero por eso resulta tan gratificante recuperar ese cine que tan buenos momentos hizo pasar décadas atrás. Corman, como la Hammer y antes los monstruos de la Universal, forma parte de mi imaginario cinéfilo, y logró fascinarme con aquellas películas que me hicieron leer compulsivamente a Poe. Y, entre medias, me regaló algún caramelo como El Hombre con Rayos X en los Ojos, una película repleta de encanto y enormemente entretenida.

Junto a Ray Milland, aparecen en el reparto varios rostros desconocidos, y uno que a los de mi generación nos hace esbozar una sonrisa entrañable. Dick Miller es uno de los asistentes al show de barraca que el doctor James Xavier, huído ya de su vida como médico, ofrece para recaudar dinero mostrando sus “poderes”. Miller es uno de esos secundarios que se te quedan en la retina cuando les ves en producciones que te marcan en la infancia. Era un habitual del cine fantástico de los 80, con participaciones pequeñas pero recordadas en Gremlins, Exploradores, Terminator o El Chip Prodigioso, además de aparecer en un par de episodios de la mítica serie V.

Sirva este artículo para homenajear y recordar a una de las personalidades más fascinantes de la historia del cine. Roger Corman hizo siempre lo que le dio la gana, proporcionó diversión y entretenimiento a todos los que disfrutaron alguna vez con alguna de sus películas, y además ganó dinero. Hizo bodrios, muchos, pero también pequeñas maravillas como ésta. Y ahora, además, tiene un Óscar. Se lo merece.

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Última actualización el Jueves, 15 de Abril de 2010 12:53 |
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