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Second Weekend Drops
En un ya lejano verano del 2001, un tierno niño de tan sólo once años buscaba con verdadera desesperación una fuente de entretenimiento que hiciese frente a la monotonía acalorada de la época estival. El destino quiso que en un kiosko a pie de playa encontrase la clave: se trataba de una revista de cine, en la portada se anunciaba el estreno de Men in Black 2 con Will Smith y Tommy Lee Jones y, por si fuera poco, regalaba un doble poster que imploraba ser colgado en su habitación de prepúber. Vista la jugosa oferta, el niño se hizo con ella al instante, sin saber que aquel era el comienzo de un tórrido idilio….

Once años después, aquel niño de nombre Lorenzo Chedas ha crecido, y ya es todo un adulto. Su romance con el cine y, por extensión, con el periodismo cinematográfico todavía continúa y se afianza año tras año como todo buen noviazgo. Un baúl donde guarda alrededor de doscientas revistas referidas al séptimo arte son el testigo que recoge su pasión por el cinema.

Amo el cine como arte, pero sobre todo, como negocio. Me chifla sentarme el domingo a las seis de la tarde y ojear el box office para comprobar qué destino le depara a la nueva comedia de la Bullock, a la secuela de Batman o al regreso de Cimino. Mi debilidad es el cine fantástico-terrorífico (de la seria A, B…hasta la Z) y la animación, pero como buen cinéfilo, veo lo que me echen.

Quiero agradecer al equipo de la revista ACCIÓN la oportunidad de colaborar con este blog y también haber sido quienes me dieron el ticket de entrada hace diez años hacia lo que ahora es mi verdadera pasión. Aquí podréis ser testigos de mi humilde opinión acerca de las películas que degluto, espero que os guste.

¿Qué quiere decir Second Weekend Drops? Ahí está la clave.

¿Qué se esconde dentro de la chistera? El ilusionista El truco final: El prestigio. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 4
MaloBueno 
Escrito por Lorenzo Chedas   
Jueves, 02 de Febrero de 2012 01:21

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El caso que no es ocupa no es sino una demostración más del enorme atractivo que tiene el mercantilismo cinematográfico. El hecho de que coincidan en el tiempo dos películas que por su temática y estética son incluso difícilmente diferenciables es la constatación definitiva de que en Hollywood dinero llama a dinero.

No se trata en esta ocasión de un plagio ni de una cinta realizada a rebufo de otra, sino de dos filmes coetáneos en el tiempo por pura casualidad. Ambos cuentan con elencos de rostros célebres y con calado entre las audiencias, y en el caso de El Prestigio, con un realizador adorado (y sobrevalorado en demasía) en los últimos tiempos, a saber: Cristopher Nolan.
El ilusionista y El truco final giran en torno al mundo de la magia, al de los ilusionistas que durante el siglo XIX amenizaron con éxito los escenarios de teatros de diverso bagaje, desde los de los pueblos más humildes hasta el Albert Hall londinense.

Para recrear dicha época, sendos filmes cuentan con unos decorados exquisitos y detallados, es decir: un diseño de producción y dirección artística muy logrado. Sin embargo, si bien El truco final fue nominado a los premios de la Academia por su dirección artística, es mi deber alabar por el contrario la de El ilusionista, no porque sea mejor (que quizás así sea) si no porque consigue con un budget mucho menor (16 millones de dólares frente a los 60 del film de Nolan) una ambientación tan notable como digna de admiración.

Última actualización el Viernes, 03 de Febrero de 2012 11:35
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La película que tu mamá jamás te dejó ver PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 3
MaloBueno 
Escrito por Lorenzo Chedas   
Domingo, 25 de Diciembre de 2011 01:35
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¿Alguna vez se han cuestionado cuántos títulos de mamás más guapas del mundo han sido otorgados a lo largo y ancho del mundo y de la historia? Si le preguntan a Mengano les dirán sin ningún tipo de miramientos que es la suya, y Ciprano replicará sin un solo atisbo de duda lo mismo acerca de la fémina que tuvo a bien convertirlo en parte activa de la sociedad. Para concederle títulos a nuestras madres no dudamos en tirarnos de la moto, y es que el amor de madre tira, y mucho…

Pero dejemos la pseudofilosofía, psicología Punsetiana y complejos de Edipo aparte. Mi madre es la reina de los atributos, y no hay vuelta de hoja. Ya no es sólo que sea la más guapa del reino sino que es especialmente cinéfila, y para colmo de la idiosincrasia es febril amante del cine de género. La máxima de “lo lleva en los genes” nunca fue más de agradecer.

Echo la vista atrás y recuerdo aquellas tardes en las que mi madre me hablaba de todas las terroríficas películas que veía de joven y que causaban furor en las plateas de aquellos finales de los setenta, en los que la tan ansiada libertad se metabolizó en el cine de destape, la comedia chusca y churrigueresca y el cine de terror uncensored.

De entre todas las cintas de sangre, sudor y órganos de la época, mi madre siempre recuerda con auténtico pavor una de ellas: Holocausto Caníbal. Siempre fue tal el grado de desasosiego que le producía su mención, que el momento en el que me hablaba de ella se convertía en un súmmum de suspiros y palabras entrecortadas. La vio una y no más, y su veto y privación a que yo la visionara se mantuvo durante largos y resignados años, lustros e incluso décadas.

Sin embargo, llegó la adolescencia, esa etapa donde la rebeldía (la cutre, de postal, no la de Scorcese y sus rudos Rebeldes del Brat Pack) hace su aparición y causa tamaños estragos. En esa época tan proclive a la estupidez supina, a la desobediencia por moda y a la retórica de serial teen, yo confieso que desobedecí a mi madre. Ante semejante coyuntura, me temo que Émile Zola podría hacer la segunda parte de su “J’accuse…!” despachándose de lo lindo conmigo, así que espero que allá donde esté no me escuche…

El caso es que sí, lo hice. Eran mis dulces dieciséis, mi mejor amiga y yo, chocolate suízo de por medio (no se vayan a pensar que puestos a regurgitar lo íbamos a hacer con cualquier sucedáneo de cacao, estilo ante todo) y ganas de infligir las normas. Y allá fuimos.

Recuerdo como si fuera ayer aquella expectación previa a la pérdida de mi virginidad caníbal, el empacho que nos dimos de comedura de uñas y la desazón antropófaga que esperábamos experimentar. Pero nada de eso llegó.

Sí es cierto que la película nos produjo cierta angustia e intranquilidad, pero siendo franco, nos produjo más  temor que el chocolate se acabara  que los caníbales optaran por  zamparse tibias o peronés. Lo que sí que no fui capaz de olvidar fue aquella pobre tortuga a la cual tuvieron la delicadeza de masacrar o aquel pobre hombre al que le rechupeteaban literalmente los huevos, pero ni la nostalgia más insana es capaz de traerme a la memoria un solo desmembramiento para el recuerdo. Todo un misterio.

La razón es digna del más sesudo estudio sociológico. En pleno siglo XXI, cualquier escena de Holocausto Caníbal, por muy truculenta que sea, más que repulsión y aversión produce más melancolía que una canción de La Oreja de Van Gogh. La sociedad se encuentra totalmente inmunizada y es capaz de ver la más sangrienta de las matanzas mientras se zampan un buen plato de fabada.

Un servidor ha podido ver a lo largo de los años todo tipo de películas de escabechinas a granel: Desde aquellos cutres productos de la Troma, pasando por los primeros pasos de Peter Jackson, posesiones infernales de Raimi y sus discípulos, cien mil y un slashers y gore tanto amateur como eminentemente comercial. Holocausto Caníbal no figuran ni tan siquiera en el meridiano de cualquiera de mis ránkings. Su terror ha quedado obsoleto, pueril e incluso inocente, y si por algo será recordada no será por su supuesta truculencia, sino por haber sido la primera en poner de moda el found footage, del que ahora beben títulos como Paranormal Activity. Resulta cuanto menos curioso que hace treinta años, la generación de mi madre observara impertérrita aquel gore casi angelical, que por cierto se vio ayudado por una  de las campañas publicitarias más engañosas de la historia, aquella que afirmaba que todo lo que estaba a pasar por tus ojos había sido real. Tras el lógico paso por los tribunales, se evidenció lo que hoy sabría hasta el más ingenuo: aquello era puro teatro.

Desde aquella, han hecho su aparición algunos títulos que devolvieron cierta esperanza momentánea a los artesanos del terror: El proyecto de la Bruja de Blair causó furor con una campaña casi calcada a su referente caníbal y es célebre aquella escena donde Haníbal el Caníbal devoraba los sesos de un pobre incauto. Todavía recuerdo (y eso que era un infante) todas las noticias que se emitieron de gente que dejaba su escatológica propina en las salas de todo el globo. Aún así, queda bastante claro que ya nada es lo que era, y que más que pánico, los maníacos del celuloide nos producen tierna empatía.

Y es que a mí lo que más escalofríos y canguelos me produce es pensar que existe la posibilidad de que dentro de treinta años, la gente vea inocencia y candidez en la sanguinaria saga de Hostel. Porque esa sí que es para echarlo todo fuera, sea chocolate suizo o de marca blanca…

 

 

 

 

Última actualización el Martes, 27 de Diciembre de 2011 11:52
 
Mi mayor placer culpable: Masters del Universo (Gary Goddard, 1987) PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 11
MaloBueno 
Escrito por Lorenzo Chedas   
Miércoles, 23 de Noviembre de 2011 01:40

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Mi madre tuvo a bien darme a luz en el año 1989, a las puertas de los frenéticos (en cuanto a acontecimientos) y terribles (en cuanto a moda) años  noventa. He-man y los Masters del Universo, línea de juguetes de Mattel, triunfó en el periodo comprendido entre 1981 y 1987 llegando a desbancar en cuanto a ventas a la Barbie, niña mimada y buque insignia de la empresa juguetera.  Puede parecer entonces que hay un error en cuanto a fechas, porque cuando los célebres muñecos con calzón de vikingo comenzaban a forjar su leyenda en el imaginario colectivo, yo todavía estaba en proyecto de ser un ciudadano del planeta tierra. Sin embargo, hay una explicación sencilla a tamaño misterio: cuando era un pequeño traste, mis primos tuvieron el gran detalle de permitirme jugar con sus Masters del Universo. Ahí  fue cuando empezó mi idilio friki.

De esas tardes de juegos con muñecos vintage destartalados, pasé a una búsqueda frenética por jugueterías de toda la geografía gallega. A día de hoy, y con 22 añazos, cuento con una colección importante de muñecos pertenecientes a la mítica saga ochentera, y soy digno pujante online. Guardo con  sumo cuidado vhs y dvd’s de la serie de dibujos animados, ya que He-man y los Masters del Universo tuvo su propio serial de manos de la digamos suavemente roma y parca en cuanto a medios Filmation, con la que obtuvo un éxito arrollador entre 1983 y 1985. Se puede decir que la serie de Filmation fue la primera en iniciar la estrategia de utilizar una serie de entretenimiento como catálogo de productos a vender.

Cuando el susodicho serial ya formaba más que parte del library de las cadenas que la habían repuesto hasta el hartazgo y la línea de juguetes ya no generaba las ganancias de antaño, Mattel, en un intento desesperado de insuflar vida a su agonizante gallina de los huevos de oro, decidió vender los derechos para la recreación fílmica del universo de He-man, Skeletor, y sus adalides y secuaces (respectivamente).

La decisión llegaba lógicamente a destiempo, y Mattel pagó caro su descuido. Ninguna major se ofreció a poner pasta por un proyecto que olía a flop a millas de distancia. Sin embargo, hubo un par de incautos - o más bien espabilados- que decidieron comprar la licencia a precio de saldo para así intentar rascar unos dólares. Los iluminados fueron Menahem Golam y Yoram Globus, mandamases de la Cannon Group, productora de películas de muy dudosa calidad (en su catálogo se albergan filmes de  la talla de Delta Force y demás cintas de Chuck Norris y otros reyes del cine de lucha casposo tan en boga en los ochenta). Con semejante punto de partida, pocas expectativas de llevar a buen puerto un proyecto que ya necesitaba de por sí un golpe de efecto si quería salir airosa en la batalla de las audiencias. Para la Odisea que se les venía encima, reclutaron a un actor emergente en cuanto a cine pugilístico, un rubiales sueco de nombre Dolph Lungdren, que había sido el antagonista de Sylvester Stallone en la exitosa Rocky 4. Además, contaron con Frank Langella, eterno secundario y desconocido pero de talento más que constatado. Por último se puso sobre la palestra a una joven y novata Courtney Cox, que se convertiría años después en una rutilante estrella televisiva a raíz del exitazo que supuso la serie Friends.

El resultado fue mejor de lo esperable, pero no suficiente para evitar el fiasco comercial y con ello dar  por finiquitado el universo de los Masters del Universo. El realizador, Gary Goddard, confesó tiempo después que poco pudo hacer con la presión económica impuesta por unos productores que no podían (o no querían) gastar más de lo pactado. De ahí a que los guionistas se sacaran de la manga una historia que comenzaba en el planeta Eternia de los dibujos animados pero que transcurría en su totalidad en el planeta tierra. Todo ello por obra y gracia de una llave cósmica que acababa por accidente en nuestro mundo. Lógicamente, la razón no era otra sino abaratar costes. Como otras muestras del cutrerío imperante está la supresión de un personaje tan mítico como el mago Orko por un horrendo troll ideado expresamente para la película. Era más fácil maquillar a un enano que crear un pequeño mago que levitaba y hacia trucos de magia.

Sin embargo y pese a todo, Masters del Universo es una película que a día de hoy se recuerda con cariño y nostalgia por sus fans (que son muchos, si no se lo creen echen la vista a los precios que pueden llegarse a pagar por los muñecos  casi treinta años después de su salida a la venta).  ¿Existe alguna razón por la que deberíamos exculpar a esta película? Sí, la hay, y más de una:

En primer lugar, está ese aroma eminentemente ochentero, camp y casi kitsch que emana en cada uno de sus fotogramas. Vista hoy, Masters del universo es una película inocente, pueril y tontuna, y es que los niños de los ochenta consumidores de la Mirinda distan mucho de los de ahora, mas dados al Red Bull. Si realizáramos el experimento  de ponerle esta cinta a nuestro primo pequeño, probablemente acabaría riéndose de lo pasteloso de las situaciones o literalmente se dormiría. Vista por nosotros, los mayores, Masters del Universo es una película amable y bonita, no hay una palabra malsonante ni un solo chorro de sangre (aquí, como en la serie, nadie moría, como mucho los malos acababan en un lodazal escarmentados) y existe una exaltación de los buenos sentimientos y de las virtudes muy propio de aquella época y de las películas de la Amblin, por ejemplo.

Es muy digna también la manera en que el equipo de la película logró salir del entuerto propiciado por la escasez de medios. La historia se trazó a partir y debido a la falta de dinero, pero la cuestión es que supo sobrevivir a la tormenta con somera dignidad. Tanto el viaje al planeta tierra y las aventuras que en él se llevan a cabo como la puesta en escena, el diseño de los personajes e incluso los efectos especiales (humildes pero efectivos) son notables, y no se le puede ni se le debe pedir más.

Sin embargo, la gran baza con la que cuenta la película viene de la mano del villano de la función. El Skeletor de la serie animada evolucionó desde el papel arquetípico de malvado bellaco a una caricatura de sí mismo y casi colega de su eterno odiado príncipe de Eternia. El Skeletor del film es únicamente la representación absoluta del mal.

Frank Langella ha declarado en varias ocasiones que el papel con el que más se ha divertido en toda su carrera fue precisamente el de Skeletor, y no es para menos. Cada vez que hace su aparición en pantalla, Langella nos seduce con todo tipo de gestos y movimientos que subrayan la crueldad intrínseca de un malvado que lleva tiempo ansiando terminar con el héroe de la función y gobernar un planeta del que ha sido desterrado y vilipendiado. Sus diálogos son pomposos, si me lo permiten shakesperianos y mas que antológicos.

En una de las escenas más enigmáticas del film, Skeletor se mira la palma de la mano lánguidamente una vez que ha capturado a He-man tras años de persecución y sentencia: "Todo le llega al que sabe esperar". Ha ganado por fin, pero su voz ronca cae taciturnamente por la garganta sintiendo que su lucha ha perdido sentido, porque si caza a He-man, su existencia deja de tener sentido. Lo sabe y dice lo que tiene que decir, pues en el fondo está deseando que He-man se escape y volver a empezar la batalla.

Porque lo que a Skeletor le gusta es perseguir a He-man, no cogerle, igual que al Jóker le divierte más ir detrás de Batman y jugar con él. Lo divertido es que en el fondo son amigos. Y ninguno puede matar al otro porque el mal sólo puede existir si hay un bien al otro lado de la balanza.
La magnificencia de Skeletor es palpable. El puede acabar con He-man, pero simplemente no le da la gana. En una escena le espeta a su eterno adversario “Yo soy más que un ser, más que la vida,  soy un Dios, tu Máster así que arrodíllate ante mi”. Se sabe superior y lo que quiere es divertirse. Lo excepcional es que consigue divertirnos también a nosotros.

Por si fuera poco, la película destapa sin tapujos lo que la serie de dibujos no podía mostrar y lo que todo fan deseaba constatar: Skeletor y su fiel secuaz, la hechicera Evil-Lyn tienen una relación que va más allá de la meramente laboral. En el film disfrutamos de las miradas cómplices que se prestan el uno al otro y esa eterna dicotomía en su relación de amor-odio, de sumisión a la par que desobediencia, de privilegios y castigos. El culmen de la evidencia llega con esa escena donde el rey del mal sentado en su trono, acaricia a su vil compañera arrodillada a sus pies mientras le confiesa sus siguientes pasos hacia la conquista del planeta Eternia. Si eso no es una exhibición de amor, que baje Cupido y lo vea.

Pese a quien le pese, y a pesar de sonar descabellado, descerebrado e incluso cómico, Skeletor no tiene nada que envidiarle al sobrevalorado Darth Vader (el plagio a la saga de George Lucas es más que evidente, basta con ver ese calco a los Stormtroopers pero con uniforme negro). Si por algo podría perder la batalla sería por esa mascara de goma que le resta contundencia y credibilidad, pero lo cierto es que el mayor de mis canguelos vino de la mano y gracias a Frank Langella. Me quedo para siempre con la curiosidad de cómo sería juntar a estos dos malvados junto al Señor de la Oscuridad  de Legend. Sin duda, un triunvirato del horror de lo más terrorífico.

Para terminar de convenceros, os diré que la banda sonora la firma Bill Conti, ganador del Oscar por el soundtrack de Elegidos para la Gloria, pero más célebre si cabe por ser el autor del tema principal de Rocky. Siendo francos, el tema principal es un plagio sin miramientos del de Superman, pero es una fanfarria tan melódicamente ochentera que encandila y deja pegada por sí misma.

Por todo lo expuesto, este film es mi placer culpable. Una película parca en cuanto a puntuaciones pero que en mi foro interno es un pletórico cinco estrellas. Ahora solo me resta enunciar dos cosas:

1) Ruego y suplico que sea la major que sea, que aluna se anime a realizar una nueva película de una vez. Si ya le ha tocado a los Transformers, a G.I JOE y a TRON:      ¿ A qué esperan con el más exitoso de todos los mitos culturales ochenteros?

2)  Por el poder de Grayskull! (¿pensabais que iba a marcharme sin decir esto?).

 

Lorenzo Chedas Redondo. SecondWeekendDrops.

Última actualización el Jueves, 24 de Noviembre de 2011 09:05
 
La más grande escena de la historia del cine PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 7
MaloBueno 
Escrito por Lorenzo Chedas   
Martes, 08 de Noviembre de 2011 01:31

SALIERI

 

Todos y cada uno de nosotros guardamos en nuestro interior un almacén que alberga aquel material que nos es genuinamente simbólico y que está cargado de sentimientos que sólo nosotros mismos logramos entender. Tú, que estás leyendo esto ahora mismo, posees una canción, pieza o composición que te identifica, un cuadro, escultura o manifestación artística que semeja haber sido modelada con tus trazos vitales, y una película o escena cuyos fotogramas parecen haber sido inspirados en tu propia existencia.

Las razones de dichas preferencias son tan variadas como el compendio de obras artísticas que podríamos publicar con las elecciones de cada uno de nosotros, pero lo importante es que las hemos escogido, o más bien, que ellas nos han escogido a nosotros. Esta máxima se empapa en las aguas de la verdad en el preciso momento en el que su representación provoca en nosotros los sentimientos más agitados, más reales  a la par que humanos. No suelen existir las razones objetivas, porque los sentimientos no nacieron para serlo, se mueven por las pasiones e instintos, y de eso sabe mucho el mundo de las artes.

El presente texto se va a centrar a partir de ya en cuál es la escena fílmica que más me ha cautivado, aquella que me enamoró desde el primer instante en que la vi, mi propio time of my life.

Para alguien que lleva desde la tierna edad de ocho años intentando ser un clarinetista inspirado y con dotes, la cinta Amadeus se erige como baluarte casi evidente de lo que  podríamos apodar la película de tu vida. Mas allá de la evidente razón, a saber: el amor exacerbado por la música que se supone proceso, existen otros motivos que ayudan a consumar tamaña adoración.  Y es que Wolfgang Amadeus Mozart fue el compositor que llevo a su cota máxima de importancia y prestigio al clarinete, testigo que recogería y terminaría de encumbrar Beethoven a las puertas del período posterior, el consabido Romanticismo.

Por otro lado, no debemos olvidar que el tópico principal del film Amadeus no es simple y llanamente contar la vida  y obra de uno de los grandes maestros de la música clásica en general y del Clasicismo en particular, sino que la película es un estudio, una tesis y una oda a uno de los pecados capitales más extendidos en la sociedad posmoderna: la envidia.

De la mano de Antonio Salieri, el supuesto compositor rival y contrincante de Mozart (y digo supuesto ya que tal rivalidad jamás existió, de ahí a que el  film sea apenas biográfico y que su verdadero origen matriz fuera la adaptación de una obra de teatro basada a su vez en una ópera cuya autoría corresponde a Korsakov y que exploto por vez primera este supuesto antagonismo) asistimos a un proceso de primogénita desazón que termina en la más absoluta de las locuras. La maravillosa actuación de F. Murray Abraham supone el  mayor y más puro y vivo retrato de la envidia, sus gestos y sentencias son magna evidencia de un desdichado sentimiento que no cesa de brotar por sus venas.

Antonio Salieri lamenta la mediocridad de sus acordes a la vez que maldice la genialidad de su enemigo musical. El resquemor y el recelo llega a una cota tan alta que el desventurado artista declara la guerra a un Dios que para él ya no es misericordioso, puesto que ha elegido como instrumento suyo a un muchacho infantil, lujurioso, obsceno y jactancioso. Nuestro Salvador ya no tendrá el aprecio de un infeliz Salieri al que  sólo le concedió la capacidad de ver en Mozart su encarnación, la voz de un Dios injusto.

La escena final de este prodigioso y fascinante film es, sin duda alguna, la mejor escena del séptimo arte para el que esto escribe. En ella, Antonio Salieri, demacrado en un decrépito manicomio termina de recibir la confesión de un clérigo atónito ante las palabras de un anciano consumido por la rabia y los celos. Sin redención posible, el malaventurado artista sale de su alcoba ayudado por un empleado que empuja a duras penas de él montado en una silla de ruedas. El momento en el que recorre el insalubre pasillo atestado de dementes y perturbados  a los que exime de su medianía a la vez que enuncia “Yo os absuelvo, mediocres” es simple y llanamente, soberbio.

Comencé este texto diciendo que todos nosotros tenemos una escena, canción u obra que nos identifica. Sinceramente, esta escena es mucho más universal de lo que en principio parece ser y de lo que nos gustaría admitir que es. En un mundo actual tan exiguo y parco en cuanto a iluminados y tan atiborrado de poderosos de dudosas virtudes  que no nos quepa duda de un hecho que es irrefutable aunque escueza: Antonio Salieri hablará en favor de todos los mediocres del mundo, puesto que él es el más mediocre de todos, su santo patrón. Y ese día del Juicio Final, se escuchará de fondo alguna bagatela acompañada de la característica risa de hiena de un Mozart que, al contrario que nosotros, simples mortales, sí fue tocado con la varita de la virtud.

Última actualización el Martes, 08 de Noviembre de 2011 16:41
 
Una mirada al pasado y presente del fantástico español PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 6
MaloBueno 
Escrito por Lorenzo Chedas   
Domingo, 16 de Octubre de 2011 21:58

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El género fantásticoterrorífico español ha sido desde sus inicios víctima de todo tipo de críticas y agravios, de dificultades y de prejuicios tanto por la crítica y la propia industria como por el público que ha frecuentado el menosprecio a este tipo de cine.

Autores como Paul Naschy y Jesús Franco pueden considerarse los precursores en este campo. Los arranques fueron especialmente complejos y los citados realizadores, junto a muchos otros, tuvieron que hacer frente en las décadas del desarrollismo franquista  a los escollos y ahogos propios de la temida censura.

La cosa no fue a mejor tras la codiciada liberación del yugo de la dictadura. En la década de los ochenta, directores como Juan Piquer Simón hicieron lo que bien pudieron e intentaron disfrazar la escasez de medios alarmante de la época imitando el standard visual norteamericano y con concesiones al estilo europeo, como puede ser la escuela italiana del giallo.

Los primeros noventa fueron especialmente negros para el género terrorífico. Sin embargo, a finales de la década se dieron una serie de “catastróficas desdichas” que actuaron de flotador para el casi finiquitado terror castellano.

Por un lado, hacía su aparición Alejandro Amenábar, que con su ópera prima, la estupenda Tesis y sus dos siguientes obras, Abre los Ojos y Los Otros, atavió de gloria y fama a un género que salvo alguna honrosa excepción jamás había disfrutado de ella.

Por otro lado, la fotocopia al modelo norteamericano se concentró en el género del slasher, quizás a raíz del revival yankee verbigracia de filmes como Scream. Así, cintas como Tuno Negro, El arte de morir o School Killer vendieron su alma al diablo y se prostituyeron artísticamente con el fin de obtener unos decentes datos de taquilla.

Sin embargo, un aura de esperanza pareció surgir con la puesta en marcha de la Fantastic Factory, filial de la distribuidora de Julio Fernández, la Filmax. Esta productora estableció como objetivo prioritario la producción de peliculas de terror de bajo presupuesto dentro de nuestras fronteras con vistas a ser distribuidas al mercado internacional. Como capitán del barco se escogió Brian Yuzna, otrora respetado realizador de perlas de la serie B ochentera, como Re-Animator o Re- Sonator.

La Fantastic Factory, en sus apenas cinco años de vida, fue quien de ofrecer a las plateas un total de nueve filmes de desigual calidad y fortuna. La productora ofreció el timón a viejas glorias de los ochenta como el citado Yuzna o Jack Sholder y Stuart Gordon, pero también sirvió de escuela para realizadores españoles como Jaume Balagueró o Paco Plaza.

La figura de Jaume Balagueró  es digna de un pequeño análisis pormenorizado.  Este joven realizador ha estado desde sus inicios ligado tanto a la productora Filmax, como a la Fantastic Factory y al director Paco Plaza. La obra inaugural de su filmografía fue Los sin nombre, de marcada factura de serie B, que sin contar con un cast de relumbrón, obtuvo notable reconocimiento en diversos festivales de índole fantástica.

Con su siguiente proyecto consiguió para la Fantastic Factory el mayor éxito de su corta existencia, a saber: Darkness, una cinta con pronunciado aroma nortamericano, amén de su factura y de un cast internacional de manos de la oscarizada Anna Paquin y Lena Onin. La cinta obtuvo una excelente recaudación en España, así como en otros países europeos como Italia y Francia. Pero lo más destacable fue el beneplácito de la audiencia estadounidense. Distribuida por la célebre Dimension Films, Darkness recaudó sólo en Estados Unidos más del doble de su presupuesto, y llamó la atención de la crítica especializada.

El siguiente paso en la fulgurante carrera del realizador catalán fue Frágiles. La cinta fue  producida por Filmax, aunque ya no bajo el mecenazgo de la Fantastic Factory (quizás como método de protección, ya que en este momento la productora terrorífica comenzaba a encadenar fracaso tras fracaso, y su desvinculación podía ayudarla a no obtener los prejuicios con los que de raíz ya partía por pertenecer a ella).

De nuevo Balagueró echó mano de un cast foráneo (a excepción de una Elena Anaya que se defendió la mar de bien con el inglés) y consistente, con una Calista Flockhart cuyo rol dejó bien claro que era perfectamente válida para papeles que se apartaran del histrionismo de Ally McBeal. Otra vez más la factura era intachablemente solvente y se alejaba de la pronunciada esencia a serie B prototípica de la Fantastic Factory, y si bien el guión era en sí un tanto déja vu, lo cierto es que Frágiles es una cinta de terror que destaca de entre las miles de propuestas que inundan las carteleras debido a su depurado estilo, su inquietante narración y su atractivísimo enfoque visual.

Sin embargo, la mayor gloria de Balagueró estaba aún por llegar. Con su amigo y también director Paco plaza, con el que ya había realizado un documental acerca de la gira del reality Operación Triunfo, Jaume codirigió el film Rec.

Paco Plaza, que también había salido de la cantera de la Fantastic Factory, para la que había realizado la muy notable Romasanta y él formaron un tándem magnífico con el que concibieron un film al estilo found footage (película encontrada) que tanto furor había causado con Holacausto Caníbal y más recientemente con El proyecto de la Bruja de Blair. Su envoltorio de falso documental es precisamente en donde se halla su mayor baza, y es que Rec horroriza no sólo por los sustos y el gore de rigor, sino también por su aparente realismo. E l espectador acaba imaginando que ese pandémico edificio podría haber sido el suyo, y que las diversas gripes porcinas y aviares son más reales de lo que en un principio podíamos pensar.

Rec no sólo infectó con éxito las taquillas, sino que obtuvo el reconocimiento de la Academia de Cine Española, que premió con el Goya a la Mejor Actriz Revelación a una Manuela Velasco que está sencillamente impresionante. Por si fuera poco, Rec fue objeto de remake por la industria hollywoodiense, que sustituyó el título original por Quarantine y creó un film plagiado del genuino cañí, pero con mucha menos gracia, ingenio y solera.

Después llegaría la consabida secuela, con igual suerte en taquilla a pesar de la ausencia del factor sorpresa y de la que ya se prepara una tercera y cuarta parte.

El presente inmediato de este director todoterreno pasa por el estreno de Mientras Duermes, con el siempre impresionante Luis Tosar como malo de la función y Marta Etura como  la víctima perfecta. El film, que está siendo una de las piezas más laureadas del célebre Festival de cine fantástico de Sitges, obtendrá presumiblemente el reconocimiento de crítica y público.

Balagueró ha querido huir en esta ocasión de los zombies y las apariciones espectrales y ha construido una cinta de marcada inspiración hitchcokiana en donde el terror es más clásico y contenido. Para más adelante queda la cuarta entrega de Rec, en la que volverá al terror de sangre y desmembramientos y al que seguirán presumiblemente otras muestras del buen hacer cinematográfico de esta esperanza del cine terrorífico español y europeo. Pero, mientras tanto y por lo de ahora disfrutemos del Balagueró más visceral, más espeluznantemente real. Buenas noches, y ten cuidado con quién te vigila…Mientras Duermes.

 

Última actualización el Lunes, 17 de Octubre de 2011 13:21
 
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