La
intención de Rubén Pacheco con este cortometraje, según explica la nota de
prensa que nos remite, es hablar de la soledad en una sociedad deshumanizada en
la que todo tiene un precio. En mi opinión los resultados de su empeño superan
y mejoran las palabras de presentación que lo acompañan. Quiero decir con esto
que su corto me gusta. Me gusta mucho. Pero no por el mensaje que pueda
contener, sino por su factura, porque ha conseguido meterme en la piel de la
protagonista jugando con los planos y los detalles mínimos, trabajando desde
una sencillez que supera y hace grande esa crítica a la sociedad deshumanizada
de la que habla en su sinopsis. Creo que Pacheco consigue meternos en el
pellejo de su protagonista, especialmente en el momento en que entramos con
ella en ese coche donde un extraño, del que astutamente no se nos muestra el
rostro al principio, nos pide que nos abrochemos el cinturón.
En un intento por ayudar a difundir las actividades creativas de nuestros lectores, la web de la revista Acción, abre este espacio para que sirva como ventana de promoción a los cortometrajistas que quieran enviarnos sus trabajos.
El pionero que inaugura esta nueva andadura de Acción en el apasionante e imprescindible mundo del cortometraje, que tanto necesita de más ventanas de difusión, es el amigo Mario Carbajosa. Como él mismo nos explica en su menaje nos remite dos de sus trabajos para un festival de Almería en el que los cortos sólo podían durar 90 segundos: Sin rumbo y Vida perra.
El límite de tiempo es sin duda un obstáculo, pero sólo si dejamos que sea un obstáculo y no lo convertimos en todo lo contrario, esto es: un apoyo. A Mario la jugada le ha salido bien en lo que a narrativa audiovisual se refiere porque ha condensado al máximo su propuesta en ambos cortos, hasta el punto de que podrían considerarse algo así como dos viñetas de la vida cotidiana de dos tipos muy peligrosos.
A Carbajosa le va el mundo del crimen como entorno para sus historias, y es más cineasta de hechos que de palabras (sabia elección por su parte contando sólo con 90 segundos de metraje). Juega en el territorio de lo breve para seguir la norma que le impusieron de partida, y ello le lleva a ser escueto y contundente. Sospecho que la escena de tortura del Señor Rubio/Vic Vega (alias Michael Madsen) en Reservoir Dogs y las sobradas de Tommy De Vito (alias Joe Pesci) en Uno de los nuestros se cuentan entre sus momentos de cine favoritos.
Pero lo más curioso de su propuesta es esa manera de insinuar más que mostrar, de dejar la violencia suspendida en el tiempo, sólo en su principio, divorciada de sus consecuencias. Dejarnos cortado el asunto sin pasar a mayores puede resultar para algunos más inquietante que si se hubiera lanzado a la piscina del gore desatado y brutal, porque cada espectador tendrá que rellenar el espacio en blanco que dejan sus imágenes con su propio álbum de inquietudes y miedos.
Pero sin duda habrá quien piense que al no mostrar las consecuencias de la violencia se le quita importancia.
Será el espectador quien tenga que rellenar el puzzle según sus propias inclinaciones. ¿Nos convierte eso en cómplices?
Por supuesto entiendo que ese recato en lo que al tratamiento de la violencia se refiere puede obedecer más a cuestiones de tiempo y de presupuesto que a una elección creativa voluntaria, pero en todo caso ese llegar justo a la frontera entre lo que se puede mostrar y lo que no es una de las cosas que me ha parecido más sugestiva de estos dos cortos.